Barcelona de aquí para allí

Historia

Tres masías para la historia, en Sant Andreu

Escrito por barcelonadeaquiparalli 29-09-2016 en Sant Andreu. Comentarios (0)

Cal Borni, la antigua Torre del Baró y la Torre dels Pardals. Tres masías ya desaparecidas que fueron escenario de capítulos puntuales de la historia y que revelan la importancia de Sant Andreu de Palomar en los hechos históricos ocurridos entre el siglo XVII e inicios del XVIII, y en concreto entre 1640 y 1716. Por una parte, Sant Andreu sufrió los efectos de las revueltas y las diversas guerras que se sucedieron, y por otra, muchos miembros de la población participaron activamente en el devenir de los hechos y en episodios puntuales. Existen testimonios escritos de la presencia de ‘segadors’ y ‘somatens’ de varias comarcas en Sant Andreu durante los hechos de mayo y junio de 1640, del asentamiento de tropas españolas durante el sitio de Barcelona de 1652 y el de tropas francesas en el sitio de Barcelona de 1697.

En mayo de 1704, el grueso del ejército austracista desembarcado en la boca del Besòs se alojó en Sant Andreu, y en Santa Eulàlia de Vilapicina se produjeron algunos choques cuando las tropas borbónicas intentaron romper el cerco sobre Barcelona. Sant Andreu proporcionó contingentes importantes a los somatenes del Vallès que atacaron el ejército de Felipe V a su paso por la Torre del Baró, el cual tomó represalias contra la población andreuenca. En agosto de 1705 los ‘prohoms’ de Sant Andreu juraron lealtad al archiduque Carlos, que acababa de desembarcar, en la masía de Cal Borni. A los pocos meses se invirtió la situación, y Sant Andreu fue ocupado por el ejército borbónico del duque de Noailles que sitiaba Barcelona.

El archiduque Carlos pasó revista al Regimiento de la Real Guardia Catalana en territorio de Sant Andreu en mayo de 1709. Las tropas borbónicas iniciaron un nuevo cerco sobre Barcelona en julio del 1713, y ubicaron uno de sus principales centros de operaciones en Sant Andreu , en la Torre dels Pardals, cerca del Guinardó. En este lugar se establecieron cuarteles, una potente batería de artillería y un punto de observación avanzado para el alto mando francés, el duque de Popoli primero y el duque de Berwick después, ya en la última fase del asedio, el verano de 1714.

Quedémonos con estos tres escenarios: Cal Borni, la antigua Torre del Baró y la Torre dels Pardals. Tres escenarios de episodios históricos puntuales, tres masías de Sant Andreu de las que ya no queda ni rastro, pero que merecen ser recordadas. ¿Por qué fueron las elegidas? ¿Qué papel jugaban entonces? ¿Quiénes eran sus propietarios? ¿Qué ha llegado de ellas a la actualidad?

La antigua Torre del Baró

La antigua Torre del Baró

Los territorios de la antigua Torre del Baró abarcaban la Quadra de Vallbona (actualmente los barrios de Torre Baró, Ciutat Meridianta i Vallbona), situada en uno de los extremos del antiguo término municipal, allí donde acababa el territorio de Barcelona y empezaba el antiguo término del castillo o baronía de los señores de Montcada. Históricamente, el límite había sido el torrete de Tapioles, aunque actualmente está delimitado por el cerro de la Batería. La noticia más antigua de la entonces llamada Casa o Torre de Vallbona data del 1172, en el testamento de Carbonell de Vallbona. En el siglo XIV fue adquirida por  Guillem de Argentona, que en el 1339 tenía problemas por el hecho de que el Rec Comtal cruzar por mitad de sus tierras e hizo variar el curso del Rec sin el consentimiento del rey, quien le obligó en 1361 a devolver el paso del agua por su antiguo curso. Su hijo, Guillem de Argentona, era un caballero y militar que luchó contra el rey de Castilla durante la guerra de los dos Pedros, entre 1361 y 1363. Al finalizar la guerra, se volvió a la casa Vallbona, que se convirtió en su residencia habitual en 1364. Un año después consiguió cercar toda su propiedad y crear una dehesa que dependía del castillo de Montcada, a pesar de que parroquialmente pertenecía a Sant Andreu de Palomar.  Posteriormente, la propiedad pasó a manos de la familia de los barones de Pinós, que en el siglo XVI construyeron una torre rural en aquel terreno. De ahí que pasara a ser conocida como la Torre del Baró.

Pero esta edificación no es la que se encuentra actualmente ne la montaña ni tampoco la que muchos ‘andreuencs’ recuerdan y que fue derribada en 1967, con la puesta en marcha de la Meridiana. La antigua Torre del Baró estaba situada muy cerca de la nueva torre, en el camino de la torre nueva a la fuente del Mugueral, cerca del torrente de Tapioles.

La vieja torre no aguantó ni dos siglos en pie. El barón de Pinós fue uno de los defensores de la ciudad de Barcelona durante el sitio del 1714. Durante ese periodo, bajo las órdenes de Felipe V, se ordenó quemar la Quadra de Vallbona y destruir la casa propiedad del barón rebelde.

En el censo de 1716 contaba con unos 600 habitantes. Su población se distribuía de manera dispersa por un extenso territorio entre el núcleo principal, en torno a la parroquia de Sant Andreu, otro secundario cercano a la iglesia de Santa Eulàlia de Vilapicina, y numerosas masías diseminadas. Con la organización política local, impuesta por el Decret de Nova Planta (1716), Sant Andreu tuvo ayuntamiento propio, segregado de la administración de Barcelona. Al caer Barcelona, el barón de Pinós huyó y Joan de Sarriera Rocabertí, el conde de Solterra, aliado de Felipe V, se quedó todo el territorio en propiedad sin la torre, que quedó totalmente destruida y de la que se conservaron algunos restos hasta después de la Guerra Civil (1936-1939).

Cal Borni

En el númCal Borni a principios del siglo XX.ero dos de la calle Gran de Sant Andreu, un coro de voces infantiles se une al trasiego diario de los coches, la gente que va y viene. Es la banda sonora de la escuela Turó Blau, conocida con este nombre desde 1982, fundada en 1940 como Escuela Municipal de Formación Doméstica Teresa de Jesús. Ni una pista, ni una placa, nada en ese lugar queda ya de la masía que se levantaba sobre ese mismo solar y que vivió algún que otro importante momento histórico: Cal Borni. Cuenta la leyenda que el origen de su nombre está en su propietario, que durante una fiesta con fuegos artificiales se quedó tuerto (borni, en catalán) tras caerle un cohete en el ojo.

Actualmente, quizá no lo parezca, pero Cal Borni estaba situada en un punto estratégico: justo donde empezaban las tierras municipales de Sant Andreu, entre el Camí Reial --actualmente, la calle Gran de Sant Andreu-- y el cruce con la Riera de Horta, lo que hoy conocemos como la calle  Pare Manyanet.

Esta riera era el límite oriental del territorio de Barcelona; el occidental lo marcaba la riera de Sants (la Riera Blanca).  Pedro el Grande, en el 1284, decretó estos límites como zona exenta de pago de diezmos y primicias de los frutos cosechados. La riera de Horta, además, al ser el límite del espacio constituido como territorio barcelonés, fue uno de los lugares escogidos por los consejeros y los gobernadores locales de Barcelona para recibir a las autoridades destacadas que acudían a la ciudad, y desde aquí partían luego en comitiva hacia la capital. Protocolos al margen, la riera también servía de barrera epidemiológica; es decir, cuando se sabía que había peste en Barcelona, no se dejaba pasar a nadie y la población de Sant Andreu quedaba protegida.

En el libro ‘Les masies de Sant Andreu de Palomar. Inventari de cases de pagès andreuenques’ (Llop Roig, 2014) descriu així la masia: “La casa, de planta cuadrada, tenía planta baja, un piso y buhardilla. En el techo tenía un pequeño torreón. El tejado era a cuatro aguas desde el torreón y con teja árabe. Hacia el siglo XIX se le hizo un balcón en la esquina entre la calle Grande Sant Andreu y la Riera d’Horta. En la misma esquina, en la primera planta sobre el balcón, tenía una hornacina con la Virgen María y el Niño Jesús. La parcela, además de la casa, contaba con un gran jardín que iba desde la casa hasta la calle Sant Sebastià en el que incluso había un estanque con barcas”.

Cal Borni era la primera casa del pueblo entrando por Sant Martí de Provençals, por ello también sirvió durante mucho tiempo como casa de ‘burots’, una especie de aduana, ya que la gente que transportaba mercancías en los carros y caballos primero –luego llegarían los automóviles-- tenía que pagar unos impuestos.

Los primeros propietarios documentados fueron la familia Umbert, grandes terratenientes en Alella, que adquirieron la finca durante la Guerra dels Segadors ( 1640-1656). Gabriel Umbert murió hacia 1658 y dejó la casa a su hijo Jaume, propietario hasta que murió en 1685. La saga continuó con su hijo, que también se llamaba Jaume y que murió hacia el 1700, y su hermano Gabriel fue el admnistrador hasta que su sobrino Jaume alcanzó la mayoría de edad.

Durante la Guerra de Sucesión (1702-1714), el mismo archiduque Carlos III, en el 1709, utilizó Can Borni como cuartel general de su plana mayor. E incluso su esposa, Elisabet Cristina de Brunswick, se alojó en ella durante unos días, así como otras personalidades durante los siglos XVIII y XIX.

Pero a mitad del siglo XVIII las deudas empezaron a acumularse y Jaume Umbert vendió la casa, que pasó a manos de Anton Batista, conocido como Anton Borni, de ahí el hombre de la casa. La familia Batista era muy respetada y considerada una referencia en el pueblo. Durante la Guerra del Francés (1808-1814) el comandante que controlaba el acceso al pueblo se instaló en la casa y, durante el conflico, la única persona que pudo pagar la exención de quintas para no ir a la guerra fue Miquel Batista, uno de los hijos de Anton Borni. En diciembre de 1835 unos ladrones entraron a robar en la casa y asesinaron a Anton Batista.

Engràcia Batista Planas, la última heredera de los Batista, murió el 16 de noviembre de 1891, y dejó gran parte de sus propiedades a la parroquia de Sant Andreu, aunque la casa aún segúa en manos de su familia, primero de su marido, Josep Bogunyà Vila, como usufructuario de sus bienes, y después de sus herederos.

Al llegar el siglo XX la casa empezó a entrar en decadencia. Antes de empezar la Guerra Civil (1936-1939), el Ayuntamiento –Sant Andreu se anexionó a Barcelona en 1897—decidió construir en ese terreno un hospital. Para ello, como se trataba de una casa señorial, fue desmontada piedra a piedra y almacenada en algún lugar de Barcelona para poder reconstruirla en otro lugar de la ciudad.

En el solar se empezó a construir un edificio destinado a hospital, pero el edificio aún estaba por terminar cuando la guerra se acabó y el proyecto de hospital se paró. Entonces, los propietarios iniciaron los trámites con el Ayuntamiento para vender los terrenos de la casa y, una vez adquiridos por el municipio, se decidió construir una escuela En el solar se empezó a construir un edificio destinado a hospital, pero el edificio aún estaba por terminar cuando la guerra se acabó y el proyecto de hospital se paró. Entonces, el Ayuntamiento compró el terreno y decidió construir un colegio. Así, en 1940 entró en funcionamiento la Escuela de Formación Doméstica Teresa de Jesús, inaugurada oficialmente el 17 de julio de 1941 y destinada a formar las niñas de 5 a 12 años para llevar un hogar y educar a sus hijos, además de formarlas en la enseñanza primaria y en el adoctrinamiento religioso. A lo largo de los años, la escuela sufrió diversos cambios pedagógicos, aunque quizá la fecha que marcó una inflexión en su transformación fue el curso 1979-80, cuando se implantó la coeducación. En 1982, el claustro pidió el cambio de nombre y pasó a llamarse Turó Blau, en referencia al último cerro de las montañas de Moncada que marcaba el límite del pueblo de Sant Andreu y donde, además, nace la riera de Horta, que antiguamente pasaba por delante de la escuela.

La Torre dels Pardals o Mas Roig

La Torre dels PardalsDe ella no queda más que su recuerdo en el nomenclátor de la ciudad, gracias a la calle homónima que va desde la calle Muntanya hasta la calle Amílcar, y un poema escrito por Magí Valls Martí (18885-1970), hijo de Josep Maria Valls Vicens, uno de sus propietarios, con motivo de su derribo en 1963. Sobre el solar que acoge desde esa fecha un enorme edificio esquinero de seis plantas se levantaba la Torre dels Pardals.

El hecho de haber desaparecido no puede borrar el mérito de ser lo que fue: una de las masías con más historia del Guinardó. Era un edificio de fuertes muros con una torre alta a un lado que le conferían casi el carácter de castillo. “La masía ocupaba un solar de forma cuadricular de 4 áreas y 35 centiáreas, según consta en la ecritura de propiedad. La casa constaba de planta baja, un piso principal y buhardilla, y destacaba una torre que la caracterizaba. Delante tenía un patio una era de 28 áreas y 66 centiáreas. La finca de la Torre dels Pardals incluía otra masía llamada Can Xica o Can Bartra” (‘Les masies de Sant Andreu de Palomar. Inventari de cases de pagès andreuenques’. LLop Roig, 2014)

Al menos así quedó tras su restauración a cargo del arquitecto Josep Rubió  Bellver, que la transformó en una villa modernista, por encargo de José Roig, un rico harinero de Reus que la compró en 1915. Con la reforma “la casa mantuvo su planta rectangular original pero se amplió. La buhardilla pasó a ser una segund planta y la cubierta se convirtió en plana transitable con una barandilla balaustrada. A la torre se le añadió una planta más y se coronó con una cubierta a cuatro aguas. Las aperturas, tanto de la torre como del resto de la casa, se multiplicaron y se añadieron miradores. El interior de la casa también fue decorado con acabados suntuosos, exquisitos artesonados y excelentes trabajos de ebanistería. La salida de la casa se convirtió en un magnífico patio de reminiscencias clásicas, con parterres. Todo el patio estaba delimitado por una original valla modernista”.

Antes de José Roig y su reforma, la casa perteneció a Josep M. Valls Vicens, un banquero de Barcelona que la adquirió a finales del siglo XIX. Pero los orígenes se remontan aquellos restos de termas romanas que se encontraron durante una reforma del siglo XVIII. La construcción del gran casalón es en realidad del siglo XV, aunque se cree que este se edificó sobre otra construcción ya derribada en el siglo XIV y que, según un documento de 1389, pertenecía a la familia Bernat Gassó.

Sea como fuere, la masía jugó un papel destacado en diversas épocas históricas, como en las guerras del siglo XVI. Más tarde, durante la lucha de 1714 contra Felipe V, en la Guerra de Sucesión, fue sitiada durante muchas batallas. Destaca la batalla del 8 de abril de 1714, a las puertas del edificio. Se dice que el mismo archiduque de Austria, durante una visita por la zona se alojó en ella. Posteriormente, también fue testimonio de las guerrillas durante la invasión napoleónica de 1808.

A mediados del siglo XIX, la finca de la Torre era propiedad del Estado español, tras serle expropiada al Seminario Conciliar de Vic.  Miquel Roldós Serrat se convirtió en su propietario al pujar por ella en una subasta celebrada el 29 de abril de 1871, aunque en junio de aquel mismo año y sin haber pagado ni el primer plazo, se declaró en quiebra. La había comprado por 207.001 pesetas de la época y la vendió por 500 a Tomàs Fàbregas Boquet en 1876. Tras su muerte, pasó a sus hijos, Rosendo y Joan Fàbregas Alier. Y de ellos, en 1893, al doctor en Medicina Josep Ricart Gila, que se la vendió en 1897 al terrateniente de Sant Martí de Provençals Pere Borràs Suñol. Y poco después, la compró Josep Maria Valls, que la restauró la casa sin que perdiera el estilo de masía, al que puso fin su siguiente propietario, Joan Roig, como se explica más arriba.

Durante la República, la casa se convirtió en la Escola de la Natura. Y en ella también vivió el presidente de las Corts de la República, Diego Martínez Barrio, cuando el gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona, de octubre de 1937 a enero de 1939, cuando se vio obligado a huir a Francia debido a la entrada de los nacionales en Barcelona. Eso punto y seguido a la historia de la Torre dels Pardals. El punto y final lo pondría su derribo en 1963.


Un coloso de las vías en el olvido

Escrito por barcelonadeaquiparalli 30-08-2016 en Sant Martí. Comentarios (0)

Antigua estación de la SagreraEn dirección a Clot, en la calle Gran de la Sagrera se alza un vetusto edificio con vistas al puente de Calatrava y a las inacabadas obras de lo que será en un futuro -cercano o no- la gran estación central e intermodal de pasajeros que aglutinará cercanías, regionales, largo recorrido y alta velocidad. Este antiguo edificio es el único superviviente de la antigua estación de mercancías que construyó la Compañía del Ferrocarril de Madrid, Zaragoza y Alicante (MZA). Cuesta imaginarlo, pero en el vacío que queda a su izquierda hubo en su día un edificio gemelo y un conjunto de casas de planta baja en las que vivían los empleados de la estación. Había color, movimiento, actividad, trasiego, ir y venir… vida. Hasta que todos fueron derribados.

Y sobre el terreno, solitario, solo quedó este edificio hoy ceniciento y decadente pero que aún mantiene su aspecto del coloso que debió ser: un coloso de estructura simétrica, formado por un cuerpo central y dos laterales, uno de ellos coronado por una pequeña cúpula, que se resiste a caer en el olvido y exhibe orgulloso lo que un día fue.

Antigua estación de la Sagrera

“Ferrocarriles de MZA. Barcelona-Clot (Sagrera). Mercancías a pequeña velocidad”, reza un enorme cartel metálico sobre los accesos principales de su fachada principal, que se asoma a la Baixada de la Sagrera, una calle que nació hacia el 1920 como vía de acceso a la puerta principal de la estación y que figura ya con este nombre en el nomenclátor de 1925. La calle formaba una especie de L, con entrada por la Sagrera y salida al inicio de Berenguer de Palou, y en el lado de montaña se encontraban los subterráneos de los edificios con entrada por la Sagrera y varios talleres.

La Baixada de la Sagrera

La Baixada de la Sagrera es la única calle del barrio que conserva el suelo de adoquines, y no de unos cualquiera, no, sino de los producidos por Fomento de Obras y Construcciones en la pedrera del Remei de Caldes de Montbui. De hecho, una de las razones por las que Fomento instaló su depósito en la cercana Torre del Fang, era que la proximidad de la estación de mercancías le permitía expedir los adoquines que desde Caldes, vía Mollet, llevaba a la Sagrera para enviarlas desde allí a todo el Estado.

El tren de abajo o de Francia, como se conocía a esta vía de la línea MZA (Madrid, Zaragoza, Alicante), llegó a Barcelona el 1854. Las mercancías se repartían entonces entre las estaciones del Clot y la de França hasta que en 1919 se inició oficialmente la construcción de la estación de mercancías “a pequeña velocidad”. Una denominación peculiar, pero ajustada a la realidad, ya que se trataba de una extensión del centro de mercancías del Clot, construida entre 1912 y 1918 y de la que tan solo quedan los arcos de piedra de una de las naves hoy totalmente integrados en la arquitectura del parque del Clot. La estación de la Sagrera, con las obras ya acabadas, entró en funcionamiento en diciembre de 1923. A cargo del contratista Josep Miarnau Navàs, tenía como objetivo descongestionar la del Clot, necesidad imprescindible también para permitir la ampliación de la estación de Francia, que sufría saturación de servicios. Así, asignando las mercancías a la Sagrera y el Morrot, se despejaban también las estaciones de pasajeros.

Fachada principal de la estación de La Sagrera

La estación estaba limitada en el lado opuesto por la ronda de Sant Martí; al norte, por el Pont del Treball, y por el puente de Calatrava, al sur. En su época esplendor ocupaba unos 200.000 metros cuadrados de superficie y disponía de una playa de vías que sumaba 17,5 kilómetros de longitud. Y, aunque se concibió como un apéndice de la del Clot, terminó tomando mayor importancia por las posibilidades que ofrecía en cuanto a superficie útil, volumen de mercancías, aduana, comunicaciones, telecomunicaciones y servicios administrativos, entre otras cosas.

Claro que la obtención de estos 200.000 metros cuadrados no estuvo exenta de conflictos. El primer proyecto de 1912 lo tumbaron; el de 1914 se aprobó en 1915 y se tuvieron que expropiar una treintena de propietarios, la mayoría aristócratas, como el barón de Albí, el conde de Sert o la marquesa de Monistrol, que con el maestro de obras Ribera Quadreny, que presidía la Junta del Rec, no lo pusieron nada fácil, y obtuvieron la construcción del puente de Espronceda que cruzaría las vías y la promesa de la construcción del puente del Treball.

La estación también comportó delincuencia. Las mercancías que traían los trenes, algunas procedentes del puerto, otras de Francia, constituían un buen botín, de manera que la estación siempre estuvo custodiada por aduaneros y guardias jurados, aunque a veces el robo venía de dentro. El verano de 1927 detuvieron a Enric Masferrer Casanova y Manuel Villuendas Tejedor, que escondían mercancía al lado del Rec Comtal, entre las hierbas, y la iban a buscar al acabar su turno.

Entrada lateral estación de la Sagrera

En 1910 se empezó a mover el tema de la estación de mercancías, en 1983 los arquitectos Enric Batlle, Joan Roig y Xavier Basiana hicieron el primer planteamiento para ordenar la viabilidad de la zona apuntando hacia una nueva puerta norte ferroviaria, cara a la transformación olímpica de 1992; se planteó la construcción de una nueva estación central ferroviaria similar a la de Sasnts que, además de reestructurar la red ferroviaria de la ciudad, sería el motor de transformación y desarrollo del Clot, la Sagrera y Sant Andreu, creando una nueva área de centralidad. En 1990 Arenas, Basiana y Gil hicieron el proyecto, al que se añadió Norman Foster en 1991, con un horizonte de la Sagrera 2004.

Las tensiones entre Fomento, la Generalitat y el Ayuntamiento, en especial en épocas de colores políticos enfrentados, aplazaron in aeternum el inicio de las obras, que no arrancaron en firme hasta el 2009, y así están, sin die, para acabarlas. Entre medias, escándalos de fraude. La vieja estación ha sido prácticamente derribada; nada queda de la inmensa playa de vías ni de los pabellones utilizados para la distribución y almacenaje de mercancías situados en la zona de andenes. Nada, excepto ese edificio, carente de los rasgos monumentales y artísticos de otras estaciones de su época a nivel arquitectónico, pero que respondió con creces a su función. Él es el único testigo de lo que fue en su día esta enorme estación central de mercancías de Barcelona.  Él y un pequeño bar, existente desde siempre, lugar de almuerzos de los trabajadores de la estación y de Correos, parada de taxistas y transportistas.




Una mariposa sobre la arena del Torín

Escrito por barcelonadeaquiparalli 24-04-2016 en Ciutat Vella. Comentarios (0)

Sede de Gas Natural en la Barceloneta

Ya no queda ni rastro. Nada en el brillante edificio diseñado por Enric Miralles y Benedetta Tagliabue que aloja la sede central de Gas Natural, en el barrio de la Barceloneta, revela la historia que esconden los terrenos sobre los que se levanta. Poco o nada se imagina la mariposa naranja del logo de la multinacional catalana que tiempo atrás quizá hubiera revoloteado entre sangre, sudor y arena, y a ritmo de pasodoble. Porque sobre ese mismo terreno se levantó El Torín, la primera plaza de toros de Barcelona.

Sí, ​​esta ciudad que desde el 2004 presume con orgullo de haberse declarado antitaurina -la última corrida en la ciudad se celebró en la Monumental el 25de septiembre del 2011- se rindió años atrás, con fervor y pasión, en la llamada Fiesta Nacional. Tanto es así, que paradojas de la vida, Barcelona ha sido la única ciudad que en algún momento de la historia ha llegado a tener tres plazas de toros… y en activo.

El Torín

El Torín, obra del arquitecto Josep Fontseré Domènech por encargo de la Casa de la Caridad, se inauguró el 26 de julio de 1834. Fue la primera plaza de toros construida a base de mampostería, aunque según el historiador Ventura Bagua, "por encontrarse la plaza dentro de la zona militar, cerca del fortín de la Ciudadela, se limitó la obra de fábrica en el piso de la grada cubierta. El resto, hasta la cornisa, se hizo de entramado de madera ". La arena medía unos 60 metros de diámetro, costó unos 48.000 duros -el equivalente a unos 1.400 euros actuales-- y tenía capacidad para unas 13.000 personas. La plaza vivió cuatro reformas: en 1857, en 1871, en 1875 y la más importante, en 1879, cuando se sustituyó toda la madera para ladrillos.

Un año después de su inauguración, el 25 de julio de 1835, el Torín fue escenario de un motín durante una corrida con motivo de la celebración del cumpleaños de Isabel II. Los barceloneses acudieron con ganas de liarla y encontraron el detonante perfecto: el espectáculo de los toros navarros de Zaldueno que se lidiaron ese día no fue del gusto de los espectadores, que empezaron a tirar todo tipo de objetos a la arena de la plaza. Inmediatamente, muchos de los amotinados salieron a la calle y se dirigieron a La Rambla. Poco a poco, el grupo se fue haciendo más numeroso y se fueron añadiendo descontentos de todo tipo, no sólo taurinos. Oradores improvisados ​​fueron incitando a la gente contra la Iglesia. Y lo que en un primer momento comenzó como una protesta por una mala corrida de toros se convirtió en una protesta anticlerical. Tanto es así, que, al llegar a La Rambla, los conventos de los agustinos y franciscanos comenzaron a recibir pedradas. Más tarde, las llamas sustituyeron las piedras y se apoderaron de los conventos de los dominicos de Santa Caterina, el de los franciscanos, el de los trinitarios descalzos, el de los agustinos, el de San José y el de los carmelitas. Esa noche murieron una decena de frailes y la trifulca se prolongó durante varios días.

Lagartijo el GrandeEl resultado de esos incidentes fue el cierre del Torín hasta finales de 1841 y una canción popular que dice así: El dia de Sant Jaume/de l’any trenta-cinc/ hi va haver gran broma/ dintre del torín;/van sortir set toros/tots van ser dolents/això va ser la causa/de cremar els convents. Pero la relación del Torín con la música va más allá del festejo popular. De hecho, en esta plaza sonó por primera vez música para acompañar los pasos de muleta y fue en honor de Rafael Molina, Lagartijo el Grande, un cordobés ídolo de la afición catalana. Aquí también tomó la alternativa Pedro Aixelà Peroy, el primer torero catalán en hacerlo.

Ricardo Anlló

El 23 de septiembre de 1923 el Torín celebró su última corrida. Fue una novillada con seis toros de la ganadería de Hidalgo, en la que participaron los toreros Faroles, Isidoro Todó y Ricardo Anlló.

Pero la plaza no fue derruida hasta 1946. En 1954, los terrenos pasaron a ser propiedad de Catalana de Gas, que los reconvirtió en un campo de fútbol para sus trabajadores. Hoy, la mariposa naranja de la multinacional catalana revolotea sobre el edificio de Gas Natural, inaugurado el 25 de enero de 2008, ajena a la pasiones taurinas que se derramaron a sus pies, en la arena del Torín. Pasiones no solo masculinas, porque, esta plaza se especializó en corridas protagonizadas por mujeres toreras, entre ellas, una tal Lola la Torera.


Una dama modernista en la Barceloneta

Escrito por barcelonadeaquiparalli 19-04-2016 en Ciutat Vella. Comentarios (0)

Es una dama de otro tiempo. Una dama de porte elegante y modernista, que se alza hoy discretamente entre enormes edificios acristalados y estructuras de diseño en un rincón del parque de la Barceloneta. La Torre del Gas, actualmente propiedad del Ayuntamiento de Barcelona e incluida en los planes de Protecció del Patrimoni Arquitectònic, es el testimonio que ha llegado hasta nuestros días de la que fuera la primera fábrica de gas de la ciudad.

La Torre del Gas y el gaseoducto

La industria de elaboración del gas manufacturado se inició en Catalunya con la construcción y puesta en funcionamiento, en el año 1842, de esta planta, impulsada por los socios que, a principios de enero de 1843, constituyeron la Sociedad Catalana para el Alumbrado de Gas. La fábrica surgida de aquel acuerdo era la culminación de una técnica cuyas pruebas de viabilidad empezaron y se aprobaron en 1826. De hecho, el 24 de junio de ese mismo año, el químico Josep Roura Estrada, professor de las Escoles Llotja, iluminó el primer farol de gas de Barcelona, obtenido a partir de la destilación de carbón, que actualmente se conserva en la Llotja.

La fábrica inicial contaba con ocho hornos de carbón y tres gasómetros, y arquitectónicamente constituía una pequeña ciudad, según el proyecto y el estilo del arquitecto Josep Domènech Estapà. Ya a principios del siglo XX, el incremento de la demanda por parte de los ciudadanos, llevó a la instalación a pasar por dos frases de ampliación con las que llegó a tener hasta 38 hornos. Tales dimensiones hicieron necesario un mayor volumen y presión de agua para poder llevar a cabo la ingente producción, de manera que la propiedad encargó al mismo arquitecto del complejo el diseño de la Torre del Gas, que se alzó entre 1905 y 1906 según el canon modernista al gusto de la época.

El depósito de agua de la Torre del Gas

El resultado fue una torre cuyo esbelto cuerpo octogonal, de 44 metros de altura –la construcción más alta de la época en la Barcelona de entonces-, que se alza sobre una base de planta rectangular y que guarda en su interior la escalera de acceso al depósito. El color teja o de obra vista resalta su tronco firme decorado por aperturas alternas que recuerdan aspilleras y formado estructuralmente por varios pares de nervios que acaban en un arco ojival inclinado en la parte superior. En la inclinación de cada uno de ellos se forman unas piezas similares a ménsulas que aguantan un depósito de agua totalmente cilíndrico, forrado de cerámica vidriada siguiendo la técnica del ‘trencadís’ y que presenta agrupaciones de dobles aperturas. Corona la torre una cubierta cónica --con un mirador de estructura metálica-- en cuya base se abren cuatro vanos a modo de mansardas decorados también con ‘trencadís’ en forma de anillos circulares de diferentes cromatismos.

La torre era la guinda del pastel para un complejo que el Ayuntamiento de Barcelona calificó ya en 1908 como “colosal templo industrial”. A finales de los años 50 del siglo XX, la fábrica de gas seguía aún en activo, aunque sus instalaciones resultan ya obsoletas. Además, en el mercado apareció la sociedad estatal Butano S. A, destinada a comercializar gas envasado. A partir de ese momento, la situación de la planta se volvió cada vez más insostenible. Tanto, que en 1958 se clausuró la producción de gas manufacturado y, en 1964, la fábrica fue desmantelada.

Las últimas faroles de gas de Barcelona se apagaron definitivamente en 1966. Solo un año antes, en 1965, Catalana de Gas y Electricidad constituyó la Societat Gas Natural. ¿Su objectivo? Importar gas natural de Libia y Argelia. La planta regasificadora construida en el Moll d’Inflamables de Barcelona fue la primera que se levantó en todo el territorio español y durante muchos años fue también la única vía de entrada del gas natural en el país. La planta, que entró en funcionamiento en abril de 1969, cerraba una etapa en la historia del del gas en Barcelona... y abría otra.

La antigua fábrica antes de su desmantelamiento

La implantación del gas natural a gran escala que sustituyó progresivamente al gas manufacturado o gas ciudad empezó en la década de 1980. En 1991 Catalana de Gas se fusionó por absorción con Gas Madrid, dando lugar a Gas Natural. Para entonces, la antigua fábrica de Catalana de Gas ya había sido derribada. Fue en 1989, durante el proceso de reforma de Barcelona previo a las Olimpiadas de 1992.

Como recuerdo de aquel gran coloso, han quedado el parque de la Barceloneta (proyecto de los arquitectos Jordi Henrich y Olga Tarsó); el gasómetro (antiguo almacén de gas manufacturado); la Torre Marenostrum (nueva sede del grupo Gas Natural, obra de Enric Miralles y Benedetta Tagliablue); el campo de fútbol (construido para los trabajadores en 1954 sobre los terrenos donde Josep Fontseré Domènec levantó la primera plaza de toros de Barcelona, el Torín); la Fàbrica del Sol (pabellón de oficinas de la antigua Catalana de Gas reconvertido en equipamiento de educación ambiental, y la protagonista de esta entrada, la Torre del Gas.


El hábito por la ventana

Escrito por barcelonadeaquiparalli 15-04-2016 en Ciutat Vella. Comentarios (0)

No es más que un pequeña y discreta calle, un afluente que se pierde en ese río de gente que es hoy la calle Comtal; apenas un callejón muy corto, prácticamente el paso cubierto de un edificio de la época medieval separado por una verja del pasaje del Patriarca, la parte trasera del popular restaurante Els 4 gats.

La calle Espolsa-Sacs

Bajo la cubierta semicircular que da cobijo a esta calle, sobre la pared de piedra, una placa revela un nombre que no deja a nadie indiferente: Carrer de l’Espolsa-Sacs. En la pared opuesta, una inscripción de cerámica explica que durante el siglo XV había en esta calle un convento de monjes agustinos, conocidos como los frailes del saco, que vestían un  hábito sin forma parecido a un saco que no podían ni lavar, ni coser, mientras quedase un trozo, y por eso, lo único que podían hacer era sacudirlo por las ventanas que daban a esta calle. De ahí su peculiar nombre.

Los frailes de la Penitencia de Jesucristo (los frailes del saco) se establecieron en la ciudad de Barcelona en un convento situado en el interior de la muralla que se construyó durante el siglo XIII en la plaza de Santa Anna, actualmente Portal de l'Àngel.

La placa de cerámica en la calle Espolsa-Sacs

Los frailes del saco llegaron a la ciudad en 1260, de manera que el lugar era de su propiedad al menos desde el año siguiente, y en los siguientes adquirieron algunas fincas colindantes donde levantaron el convento con los donativos que recibían de los fieles. Los escasos documentos conservados revelan que fue una comunidad amplia, culta y muy cuidadosa con sus asuntos, aunque su corta existencia apenas les permitió establecerse.

En 1271 pidieron dinero en préstamo y dejaron como garantía una serie de libros de su biblioteca, lo que ha permitido conocer la riqueza de esta comunidad religiosa.

En el concilio de Lyon de 1274 se estableció la supresión de esta orden mendicante, aunque no debió tener efectos inmediatos en la ciudad de Barcelona, donde la misma mantenía la esperanza de que la Iglesia reconsiderara su decisión. Así, aún formalizaron alguna compra posterior a esa fecha y en 1277 mantenía una comunidad de ocho miembros. Según lo establecido en el decreto de supresión de Lyon, los bienes de las comunidades de los frailes del saco se liquidarían una vez se extinguiera cada comunidad, ya fuera por el fallecimiento de sus miembros o por la incorporación de estos a otras órdenes monásticas.

Esta situación se mantuvo hasta que en 1293 los cinco últimos frailes del saco firmaron la fusión de su comunidad con la canónica de Santa Eulalia, convirtiéndose en canónigos agustinianos. De acuerdo con esta fusión, la comunidad de Santa Eulalia aprovecharía el nuevo convento de los frailes del saco en la plaza de Santa Ana, adonde se trasladaría, dejando el anterior establecimiento situado en un lugar insalubre y sin condiciones de habitabilidad. Una bula de Bonifacio VIII (1295) autorizó el traslado de los canónigos de Santa Eulàlia y la venta del antiguo convento, hecho que no se hizo efectivo debido a diferencias en la valoración del convento hasta el 28 de septiembre de 1308.

Claustro del monasterio de Montsió

El 1423, las dominicas de San Pedro Mártir (Montsió) se establecieron en este mismo lugar, cuando los canónigos que la ocupaban se fusionaron con Santa Ana y se trasladaron allí, después de su peregrinación anterior por otros tres conventos diferentes. El complejo contaba entonces con una iglesia y claustros góticos de finales del s. XIV.

La calle es corta, pero para quien se decide a recorrerla, aún guarda algún vestigio de otros tiempos que han logrado sobrevivir al tiempo y llegar a nuestros días, como alguna que otra argolla donde se ataban los caballos o alguna vidriera descuidada que adorna alguna de las ventanas viejas y polvorientas.