Barcelona de aquí para allí

Eixample

Dos Hermes de plástico, más bajitos y con menos culo

Escrito por barcelonadeaquiparalli 20-10-2016 en Eixample. Comentarios (0)


Fachada principal del edificio Pich i Pon, en plaza Catalunya

Sigilosos y silenciosos dos adolescentes con casco alado y caduceo en la mano parecen a punto despegar desde el punto más alto de su atalaya, los dos templetes que coronan el edificio ubicado en el chaflán de Ronda Universitat con Rambla Catalunya, la casa Pich i Pon (1.878 - 1.937). Son dos representaciones idénticas de Hermes, el semidiós griego (Thot para los egipcios y Mercurio para los romanos), patrón de los mercaderes y de los oradores, y también de los ladrones y los mentirosos. Sí, los mentirosos, a pesar de que ellos han sido testigo y parte de alguna que otra mentira.

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Hoy es prácticamente imposible concebir este edificio novecentista de la plaza Catalunya sin la presencia de estos dos amorcillos, y en cambio, estos dos mensajeros de los dioses ni son los originales de bronce ni han estado siempre ahí. El boca-oreja primero, y luego internet, hicieron correr la historia de que los amorcillos son de plástico porque su propietario, el industrial y político lerrouxista Joan Pich i Pon hizo sustituir los originales por otros de plástico para evitar que los robaran, protagonizando así quizá la que fue su piquiponiana más destacada.

Joan PIch i Pon

Permitidme aquí un inciso porque nada de esto tiene sentido para aquellos que no tengan claras dos cuestiones: ¿Quién era Pich i Pon? Y qué es una piquiponiana? "Fue alcalde de Barcelona entre enero y octubre de 1935. Lerrouxista, acumuló un largo currículum en el sector público, siendo concejal, senador y diputado, entre otros cargos, a pesar de sus limitaciones culturales. Su acusada falta de formación no le impidió ser un empresario de éxito, pero a su vez provocaba que fuera objeto de continuas burlas por sus interminables errores en el significado de palabras y frases, que junto con otras anécdotas recibieron el calificativo popular de piquiponanes", explicaba el periodista Xavi Casinos en un artículo publicado en La Vanguardia en noviembre del 2014. A modo de ejemplo, a este personaje se le atribuyen frases como "Soy partidario del homosexualismo, es decir, que hombres y mujeres puedan amarse y dejarse cuando las parezca bien" o "En la Rambla de Cataluña han abierto un restaurante con luz genital", entre muchas otras.

En resumen, y volviendo al tema que nos ocupa, que es el cambio de los Hermes de bronce por los de plástico: el abanico de piquipoinianes es tan amplio, que hoy es difícil determinar cuáles fueron reales y cuáles inventadas, pero al César lo que es del César, y esta es una falsa piquiponiana. Para empezar, este intercambio, según esta versión, debería haber pasado entre los años 20 y 30 (Pich i Pon murió en 1937) y, aunque el invento del plástico se remonta a mediados del siglo XIX, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX cuando su uso se popularizó. Sí, es cierto que los Hermes son de plástico, en concreto de poliéster y fibra de vidrio, pero no porque los mandara colocar Pich i Pon, sino porque forman parte de un proyecto de rehabilitación que el arquitecto Jordi Romeu, especialista en Puig i Cadafalch, dirigió desde los años 80.

Sería aconsejable indagar un poco en la historia de este edificio para acabar de confirmar la falsedad de la piquiponiana que nos ocupa. En 1917, el industrial y político lerrouxista Joan Pich i Pon, entonces propietario del inmueble de plaza Catalunya proyectado por Josep Vilaseca i Casanova en 1910, encargó a Josep Puig i Cadafalch, vecino suyo de lonja en el Liceu, la reforma de este edificio para que las plantas intermedias (seis, en total) fueran arrendadas y en la superior pudiera establecer su residencia. Dicho y hecho, en 1921 Puig i Cadafalch dio forma al proyecto: en el interior construyó pisos estructuralmente libres para que cada arrendatario pudiera distribuirlos en función de sus necesidades; por fuera, lo proyectó siguiendo el mismo volumen de altura y proporciones del vecino Hotel Colon, finalizado en 1918.

Las dos cúpulas del edificio Pich i Pon

El resultado fue un bloque en chaflán, caracterizado por sus líneas clásicas, dentro de una gran contención ornamental que empastó con su edificio vecino y le daba continuidad. Solo las puertas, abarrocadas, y los templetes que coronaban los ángulos del chaflán, le otorgaban un cierto carácter monumental. En la parte superior del edificio destacaban tres templetes formados por ocho columnas jónicas cada uno, que sostenían una cubierta en forma de cúpula redondeada, sobre cada una de las cuales emergía una figura masculina del dios Mercurio, que en aquella época eran de bronce. "Puig i Cadafalch lo convirtió en un edificio muy vinculado a un movimiento moderno, el de la escuela de Chicago, que conoció a la perfección porque él daba clases entonces, de vez en cuando, en Harvard. Puig copió el lenguaje de Henry Sullivan y otros para hacer la casa más moderna que hubo hasta, en mi opinión, la llegada del racionalismo ", explica Romeu.

El caso es que, terminada la Guerra Civil, los tres templetes sobrevivieron al derribo del Hotel Colon, muy dañado por las bombas. "El año 39 el franquismo encarga a Eusebi Bona la construcción del Banco Español de Crédito, el banco franquista y el edificio más importante, con un encargo claro y evidente de que esta debía ser la fachada principal de la ciudad, la fachada del Régimen; una especie de manifiesto. La ignorancia era tal que pensaban que la casa Pich i Pon también formaba parte del hotel Colon, de manera que el proyecto de Bona lo que hace es dar una especie de unidad a los dos edificios: de los dos hacer uno, construir una torre para darle una cierta simetría y mutilar el edificio Pich i Pon", resume Romeu. Después de levantarse el edificio del Banco Español de Crédito, hacia comienzos de los años 50 del siglo pasado, se hizo desaparecer el tercer templete contiguo a la torre central del nuevo edificio bancario. "Y también el balcón de la sexta planta que continuaba en la cornisa del Banco Español de Crédito y toda la ornamentación original, hasta que quedó lo poco que ahora se ve", añade con resignación Romeu.

A finales de 1960, los dos templetes de la esquina con Rambla de Catalunya también fueron desmantelados. Y así fue como desaparecieron repentinamente de la azotea de la casa Pich i Pon. El porciolismo no se avenía mucho con añadidos arquitectónicos decorativos que limitaran la visibilidad y el espacio a los rótulos publicitarios luminosos.

El edificio fue sobreviviendo, y tras la muerte de Franco, recuperada la democracia, y ya en el año 80, Narcís Serra llegó al Ayuntamiento de Barcelona. “Entonces, la gestora propiedad del edificio había declarado un expediente de ruina que no prosperó: Oriol Bohigas, como responsable urbanístico, enterado de que yo hacía la tesis doctoral sobre Puig i Cadafalach, y en concreto sobre este edificio, me pidió que me hiciera cargo del proyecto de rehabilitación", explica con orgullo Romeu. Era el año 1982.

El proyecto de Romeu contemplaba la restitución de dos de los tres templetes ya que el tercero, el que quedaba pegado a la torre del Banco, no tenía mucho sentido. Y aquí está la clave del caso. Las cúpulas y columnas están hechas de poliéster y fibra de vidrio, metacrilato armado con una estructura de aluminio para evitar que se oxide. Una decisión no exenta de polémica entre los profesionales, que Romeo justifica así: "Fuimos restituir esto con plástico por muchas razones. La primera era de peso: esta solución representaba un 7% de lo que pesaba la piedra. No es nada despreciable. Por debajo de la casa Pich i Pon pasa una vuelta de los trenes de Sarrià, todo tiembla y vibra y se hacen fisuras". El segundo motivo es más personal y guarda relacionado con el significado de la palabra rehabilitar, y para Romeu, rehabilitar incluye mejorar. "En la rehabilitación cuentas con algo maravilloso, y es que ya tienes algo y lo que tienes que proponer es hacer que sea mejor porque si no, no vale la pena; debe ser un paso adelante. Este era el gran reto en el proyecto de la Pich i Pon", argumenta el arquitecto.

Las cariátides de Atenas están hechas con el mismo sistema que usó Romeu para los Hermes de la cubierta del edificio Pich i Pon. Romeu encargó las estatuas a Susana Solano, que tomó como modelo el Mercurio de Florencia, aunque más ligero ya que, aparte de cambiar el bronce por el plástico, como ya se ha explicado, también rebajó seis centímetros la altura (la obra de Giambologna mide 1,80 metros) y ... el culo. Sí, según Romeu, el original era estéticamente demasiado "culón" y allí arriba quedaba desproporcionado.

Y a todo esto, ¿qué diría el señor Pich i Pon?


Piedras góticas para un cóctel arquitectónico

Escrito por barcelonadeaquiparalli 18-10-2016 en Eixample. Comentarios (0)


Fachada principal de la Puríssima Concepció

Hay mentiras fruto de una invención y mentiras que se construyen piedra a piedra, a base de la superposición de varias verdades. Este es el caso de la parròquia de la Puríssima Concepció (Aragó, 299), elevada a la categoría de basílica menor por el Papa Benedicto XVI el 20 de febrero del 2009. Al verla, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué hace una iglesia gótica en pleno corazón del Eixample, en el centro de la ciudad moderna?

Vayamos por partes porque esta basílica, la octava de las nueve que hay en Barcelona no es exactamente lo que parece, ni se parece a lo que en un principio pretendía ser, ni tampoco es exactamente gótica, sino más más bien un cóctel arquitectónico. Su iglesia y su claustro formaban parte del Convento de Santa María de Jonqueres (siglo XV), que se encontraba entre la calle Jonqueres, la Via Laietana y la plaza Urquinaona. Al conjunto se añadió el campanario románico con retoques góticos de la iglesia románica de la plaza de Sant Miquel y en la fachada que da a la calle de Lauria, la capilla del Santísimo, de nueva planta y estilo neogótico. Con todos estos elementos reales y existentes en origen, el maestro de obras Jeroni Granell inventó un nuevo decorado para un proyecto que nació con la voluntad de ser una reconstrucción de la realidad. En resumen, una mentira creativa.

Todo comenzó en 1854. Ese año se autorizó el derribo definitivo de las murallas de Barcelona, lo que puso en peligro la supervivencia del convento de Santa María de Jonqueres, ubicado en la confluencia de la Via Laietana con la calle de Jonqueres, junto a la antigua muralla. La necesaria expansión de la ciudad hacía imprescindible el derribo de este conjunto arquitectónico, pero las autoridades encontraron una solución para evitarlo: trasladarlo a la nueva área de expansión económica y demográfica, el Eixample. Aquel era todavía un paisaje de campos baldíos y se preveía que la burguesía que habitaría esta nueva zona necesitaría disponer de iglesias parroquiales como Dios manda. Así fue como, aprovechando la ocasión, el Ayuntamiento y el obispado aprobaron la operación y el traslado del conjunto arquitectónico a un terreno irregular y baldío cerca de las nuevas calles de Aragó y Llúria. Entre 1869 y 1888, la iglesia del convento, primero -el 4 de agosto de 1871 se celebró la consagración del nuevo templo llamado de la Concepción-, y el claustro, después - en 1888, el año de la Exposición Universal- se desmontó y volvió a montar, piedra a piedra, en su emplazamiento actual.

Portal principal del convento de Santa Maria de Jonqueres, en 1868

Sí, la iglesia y el claustro heredado de Santa María de Jonqueres es obra de la plenitud del gótico -empezó a levantarse en el siglo XV y el templo se consagró el 1448--. La iglesia es de una única nave, de planta ancha y dividida en seis tramos, con bóvedas de crucería. Tiene un ábside pentagonal, cubierto con una bóveda de ojivas que recuerda a una vela de barco hinchada por el viento. En los laterales de la nave hay capillas entre los contrafuertes. Pero hablar de gótico en la basílica de la Concepció, quizá es decir demasiado.

Interior de la basílica menor de la Purísssima Concepció

Es cierto que en la Concepció se emplearon auténticas piedras góticas, tan auténticamente góticas como las tres urnas sepulcrales de los siglos XIV y XV que se conservan en el claustro. Pero ya sabemos los peligros que implica una mudanza (roturas, pérdidas, cambios de lugar ...), y en este caso, supuso también la desaparición de las pinturas del ábside, obra de Viladomat (s. XVIII) y la pérdida de algunas piedras que fueron a parar a alguna otra población que ahora no viene al caso. "Hay cambios que son como pérdidas, porque el traslado del edificio, lejos de ser una reconstrucción Fidel, se convierte en una recreación medievalista que es una auténtica muestra de romanticismo lamido y tardío", resume Peñaroja en su libro Edificis viatgers de Barcelona (Llibres de l’Índex. 2007). Por otra parte, el nuevo espacio y la nueva función del templo limitaron su restitución estructural y espacial. De hecho, la iglesia tampoco es exactamente la original: la puerta, que en un principio era lateral pasó a ser central, y del claustro actual, de dos galerías y finas columnas, solo conserva la mitad de los arcos originales, los que se pudieron incluir en el espacio de 30 metros de longitud y 17 de ancho disponible. El rosetón también mantiene el aspecto original, pero por encima de este se coronó la nave con ventanas de diseño neogótico, el mismo estilo escogido por Antoni Serrallach para la construcción de una capilla de nueva creación que nada tenía que ver con el legado del convento, la del Santísimo (1869).

Claustro actual de la Puríssima Concepció

Claustro original del monasterio de Santa Maria de Jonqueres

Y, por supuesto, en una iglesia que se precie, no puede faltar un campanario. El de la Concepció, levantado en 1879, es otro añadido que procede de la iglesia románica de Sant Miquel. ¿Quiere decir esto que la basílica de la Concepció tiene un campanario románico? Pues sí pero no, y es que, si bien se podría hablar de una reconstrucción relativamente fiel de la que fue la iglesia de Jonqueras original, en el caso del campanario de Sant Miquel se cometió una infidelidad flagrante: para empezar, este elemento pasó a ser exterior a la nave del templo y con unas aberturas y un coronamiento, inventados por Granell, que responden a un estilo historicista, neogótico y afrancesado.

Así, con trocitos de realidad se levantó esta mentira arquitectónica de buena voluntad que hasta 1956 emergía y desaparecía entre el humo y el ruido de los trenes que pasaban por la trinchera ferroviaria de la calle Aragó. Hoy, las nubes negras, como las dudas sobre su autenticidad se han desvanecido y las mentiras -creativas, pero mentiras, al fin y al cabo- han dado paso a una realidad consagrada como basílica menor.


Una mentira de más de 400 metros cuadrados

Escrito por barcelonadeaquiparalli 12-04-2016 en Eixample. Comentarios (0)

No es muy conocida, pero sí, Barcelona tiene una pequeña plaza de la Hispanitat. Se encuentra en un espacio bastante conflictivo debido al tráfico, entre la calle Aragón y la Diagonal, justo donde empieza la calle Enamorats. Está claro que esta plaza será recordada más por la mentira que oculta -o más bien exhibe sin complejos-, que por su nombre.

Qué mentira? Venga va, que esta es de las buenas y no hace daño a nadie. En coche, a pie, en autobús, en bici ... Avanzando por la Diagonal, en dirección Besòs, justo donde nace la calle Enamorats, los ojos se van sin querer a la fachada de la casa de los balcones, un edificio con unos vecinos muy especiales: allí están haga frío o calor, llueva o haga sol, en primavera, en verano, en invierno y en otoño ...

Trampantojo en la plaza de la Hispanitat

Siempre asomados o de charla en el balcón, solos o en compañía. Nos observan desde las alturas como si quisieran saludarnos. Sí, incluso dan ganas de levantar el brazo y agitar la mano para llamar su atención. Sólo hay una cosa extraña: ¿por qué no se mueven? Hasta que uno no está lo suficientemente cerca, y entonces, entonces, salta a la vista: ¡los vecinos, esos que desde hace un rato acaparaban la atención de quien los espiaba, están pintados!

Es un trampantojo, un recurso habitual en la historia del arte que consiste en crear una ilusión óptica o trampa con la que se hace creer a quien mira que ve algo diferente a lo que en realidad. Es decir, una mentira; artística, pero una mentira.
Al ver por primera vez el trampantojo de la plaza de la Hispanidad, una sonrisa divertida se dibuja en la cara del que descubre la trampa. Que nadie se sienta engañado: se trata de una mentira piadosa, una solución a un pequeño problema estético muy agradablemente resuelto, por cierto. En 1989, cuando se reformó este edificio situado en el número 5 de la calle Enamorats --momento en que apareció también la plaza bautizada como de la Hispanitat-- una medianera de más de 400 metros cuadrados, fea y vacía quedó a la vista.

No está bien dejar las vergüenzas de un edificio a la vista de todos, así que por encargo del Ayuntamiento de Barcelona, en 1992, una cooperativa de artistas de Lyon llamada Cité de la Creation pintó este inmenso trampantojo que cubre todo el lateral del edificio; una verdadera muestra de street art inaugurada el 24 de febrero de ese mismo año en el marco de la campaña Barcelona posa’t guapa. Sí, la que tenía como objetivo preparar la ciudad para los JJOO.