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Un lugar entre la cordura y la locura

Escrito por barcelonadeaquiparalli 10-04-2016 en Les Corts. Comentarios (0)

Lunático, perturbado, irreflexivo, alienado, desequilibrado…en definitiva, loco. Durante siglos, cualquiera de estos adjetivos sirvió para referirse en sentido despectivo a los enfermos mentales. Hoy, el eco de todos ellos se repite como un mantra desde un rincón de Les Corts, donde una institución luchó por la dignidad de quienes llevaron colgada esa etiqueta despectiva: el Instituto Frenopático.

En la avenida de Carles III, a la sombra del imponente edificio que alberga la clínica Dexeus, entrando por la calle de Mejía Lequerica, emerge el antiguo edificio del frenopático. O lo que queda de él: una fachada de unos 120 metros de largo.

Fachada del antiguo Instituto Frenopático.

La institución -ubicada inicialmente en Gràcia-- fue fundada en 1863 por el médico alienista Tomàs Dolsa Ricart (1819-1909) y su yerno, Pau Llorach Malet, en un periodo en el que se iniciaron una serie de cambios en la concepción del enfermo mental. Hasta la segunda mitad del siglo XIX, el loco no disfrutaba de comprensión social y estaba condenado al aislamiento. El frenopático de Dolsa y Llorach, sin embargo, se creó al abrigo de las tendencias psiquiátricas europeas más progresistas, que consideraban al loco un enfermo con posible curación.

Los dos médicos firmaron el 24 de agosto de 1867 la escritura de compra de un terreno de tres hectáreas en Les Corts, adonde se trasladaron. Entre 1872 y 1873, con un proyecto del arquitecto August Font i Carreras, se construyeron las dependencias. Lo que queda en pie es solo una sombra de lo que fue el centro - de la finca original, en el año 2000 solo quedaban ya 19.000 metros— pero revela su aspecto exterior austero. Aún se puede intuir el espacio que ocupaban el pabellón de los hombres y el de las mujeres, separados por la capilla central. Pero, ni rastro de la zona aislada para los furiosos, reconvertida en la última etapa en el club Bonanza, un local social para pacientes. Tampoco queda nada de los inmensos jardines.

Tomàs Dolsa

Pau Llorach

El edificio no tenía valor arquitectónico, pero sí histórico: el frenopático supuso una ruptura, un antes y un después de la práctica psiquiátrica. Dolsa era un médico eminente, pero también tuvo visión de negocio. De hecho, creó una institución privada cuyo acceso solo se podía permitir las clases sociales acomodadas. Había pacientes de primera, de segunda y de tercera clase, que pagaban 180, 125 y 90 pesetas de las de entonces, al mes.

En cualquier caso, su carácter privado le permitió llevar a cabo las técnicas más avanzadas en psiquiatría de la época, como un taller fotográfico donde se estudiaba la relación entre las enfermedades y la forma del cráneo. Esa filosofía de investigación y aplicación de las más modernas terapias se mantuvo en el centro, cuya titularidad pasó de padres a hijos hasta su cierre, a finales del año 2000. Ese año, Montserrat Bernat Matheu, nieta de Tomás Dolsa y última gerente, echó el cerrojo a 140 años de historia.

Del frenopático ya solo queda su fachada: un símbolo de la frágil línea entre la locura y la cordura.


Una calle con un pozo y algunos besos

Escrito por barcelonadeaquiparalli 10-04-2016 en Ciutat Vella. Comentarios (0)

La calle dels Petons.

Es solo una calle estrecha y con poca luz que pasa desapercibida, una calle sin salida que podría pasar desapercibida de no ser por su nombre y las leyendas que giran en torno al origen del mismo: la calle dels Petons. Algunas de esas historias le imprimen un toque dramático, como la que cuenta que allí, los que iban a ser fusilados en el campo de tiro del parque de la Ciutadella, se despedían de sus familiares más queridos. Otras, un toque morboso, como la que explica que gracias a la intimidad que ofrece por la noche, las parejas acudían allí para dar rienda suelta a su pasión. En cualquier caso, nadie sabe a ciencia cierta cuál es el motivo real de su nombre, y quizá esa incertidumbre le da ese toque de misterio que seduce e invita a adentrarse en ella, a dejarse llevar hasta el final, hasta su rincón más escondido…. allí donde esconde los más preciados secretos de su pasado.

Aquellos que se aventuran a adentrarse en ella, descubren que al final del sinuoso y estrecho recorrido les aguarda un rincón sin salida coronado por una estructura circular sellada en su parte superior.

El pozo de la calle dels Petons

Es el pozo del gremio de los laneros de Barcelona, que se encontraba a cubierto al final del edificio gremial, situado delante del puente de Campderà, sobre el Rec Comtal. Junto a ese pozo que ha llegado hasta nuestros días, se extendía el Hort dels Tiradors, donde los tintoreros de Barcelona tenían derecho a secar los tejidos tintados. Ahora este punto de la ciudad es quizá un rincón olvidado, pero hasta bien entrado el siglo XVIII, esta ubicación del edificio gremial era un lugar estratégico a la entrada de la ciudad, entre las balsas de Sant Pere y el convento de Sant Agustí.

Durante siglos, el gremio de laneros de Barcelona fue el gremio textil más importante en ventas para el Mediterráneo, pero en el asedio de 1697 las tropas del general Vendôme destruyeron su Hort dels Tiradors, el edificio del gremio y buena parte de los tintes medievales donde se hacían los controles de calidad.

Aun así, durante el siglo XVIII el gremio de los laneros de Barcelona continuó aplicando un régimen estricto, pero no tenía los medios financieros para adaptarse a las innovaciones tecnológicas. A finales de ese mismo siglo se crearon fábricas textiles importantes en Terrassa, Sabadell y otras poblaciones, y el gremio de Barcelona fue perdiendo progresivamente importancia hasta que, finalmente, en el año 1825 desapareció.

Del edificio gremial, actualmente, solo quedan el portalón en la calle del Portal Nou, un león en la fachada, una plaza de los consejeros del año 1728 y ese pozo de agua que estaba en su parte trasera y que ahora es el final de la calle dels Petons, rodeado de restos de paredes y ventanas de épocas muy diversas y que resultó muy castigado durante los bombardeos de la Guerra Civil.


La fachada viajera de Sant Felip Neri

Escrito por barcelonadeaquiparalli 05-04-2016 en Ciutat Vella. Comentarios (0)

En la plaza de Sant Felip Neri, 6 se encuentra uno de los edificios, o más bien la fachada de uno de los edificios más viajeros de toda Barcelona. Sólo hay que mirar a la derecha de la iglesia barroca que preside la plaza para descubrir la fachada del edificio del Gremio de Caldereros. No, no es un error, por la que fue la puerta de aquel antiguo gremio se entra ahora en una escuela. Es imposible no dejarse seducir, aunque sea unos minutos, por esta cautivadora fachada renacentista que Jordi Peñarroja describe en su libro Edificios Viajeros de Barcelona (Libros del Index) como "un puro juego de formas, un virtuoso, muy hábil y ligero ejercicio de arquitectura sin otra pretensión que el juego estético ".

La casa del Gremio de los Caldereros estaba situada originalmente en la calle de la Bòria, haciendo un arco sobre la desaparecida calle de las alambradas, concretamente, donde ahora está el edificio número 24 de Via Laietana. Los caldereros barceloneses del siglo XVI encargaron la fachada renacentista para su edificio a un maestro de obras de su tiempo, de nombre desconocido. El gremio apostó por la modernidad, no sólo artística sino también ideológica, porque en el siglo XVIII defendieron con las armas sus libertades ante las tropas de Felipe de Borbón.El caso es que el edificio gremial logró sobrevivir a las bombas borbónicas de 1714, pero no pudo resistir la apertura de la Gran Via A de la Reforma, la actual Via Laietana. Sólo en el último momento, el Ayuntamiento decidió salvar la fachada, que se reconstruyó en 1911 en un edificio público, en el número 1 de la plaza de Lesseps, donde ahora está el edificio del Instituto Municipal de Salud . "El antiguo arco sobre la calle de las alambradas aplana, alineándose con la fachada principal, y se convierte en este nuevo emplazamiento la puerta del garaje del edificio municipal", explica Peñarroja.

Fachada del Gremi de Calders, actual escuela Sant Felip Neri.

El destino aún le deparaba otra mudanza, la que lo devolvería más cerca de sus orígenes.La fachada llegó a la plaza de Sant Felip Neri a principios de los años 50, cuando se llevó a cabo la remodelación de la plaza -los bombardeos de la aviación italiana sobre la población civil barcelonesa el 30 de enero de 1938 provocaron destrozos irreparables en este punto-, a cargo del que fue arquitecto municipal desde 1924, Adolf Florensa. "En un espacio tan cerrado, la onda de compresión había de causar forzosamente grandes Daños. Tres casas, entre ellas la que se atravesaba por Debajo, fueron prácticamente barridas; los muros de la iglesia y convento resistieron mejor, pero quedaron acribillados de manera indescriptible; y las puertas de la primera, que eran gruesas y forradas de hierro, arrebatadas de sobre fuertes goznes y llevándose por delante la gran cancela, fueron a parar al presbiterio ", resume el 1958 en La plaza de San Felipe Neri. Ayer, hoy y mañana, Adolf Florensa. Y aún añade: "La plaza fue descombrada, quedando mayor que antes; pero dos de encima Lado [...] no son más que solares abiertos y limitados por horribles medianeras; todo encanto ha desaparecido [...] ".

Florensa presentó en 1952 el plan de reforma de la plaza y pensó en aprovechar esa fachada, entonces (des)ubicada en la plaza Lesseps. Dicho y hecho, en 1963, la fachada del Gremio de Caldereros queda definitivamente incorporada a la plaza de Sant Felip Neri tal y como la conocemos ahora. Incluso se reconstruyó el arco de la casa gremial original sobre la calle de Montjuïc del Bisbe, haciendo la misma función que antes sobre la desaparecida calle de las hiladoras. Como un espectacular trampantojo, las piedras delicadamente trabajadas sirvieron para tapar los agujeros abiertos por las bombas fascistas.

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Una torre de leyenda en Sant Martí

Escrito por barcelonadeaquiparalli 02-04-2016 en Sant Martí. Comentarios (0)

En la calle del Clot, entre el puente de Calatrava y el de Espronceda, se alza un edificio peculiar. Solitario y silencioso, medio cubierto por un trampantojo y con ventanas y puertas tapiadas, su estado de abandono esconde siglos de existencia. Y es que hablar de la Torre de Fang es hablar de la historia de Sant Martí de Provençals, antigua localidad anexionada como barrio a Barcelona, ​​a finales del siglo XIX.
El dietario de la Generalitat del 23 de febrero de 1559 ya hace mención del edificio, aunque con el nombre de Torre de la Virgen María, y el escudo que preside la puerta principal (hoy oculto bajo una lona de artificio) demuestra pertenecer al Condado de Barcelona, ​​dato que certificaría que la construcción ya existía, aunque quizá no con este mismo aspecto, en el siglo XII.

Fachada principal de la Torre del Fang.


Sólo así se explica la romántica y antigua leyenda del Corazón Comido. Explica esta antigua historia que Dolça de de Provença llegó a Cataluña en el año 1112 para casarse con Ramón Berenguer, junto a un nutrido grupo de caballeros provenzales destinados a hacerle compañía para que no echara de menos su tierra. El conde les dio a todos ellos propiedades en las afueras de la ciudad, pero cerca, y con el tiempo hizo construir una casa de campo, la llamada Torre del Fang, para su mujer. Allí pasaba Dolça largas temporadas rodeada de su gente, hasta que el conde descubrió que el interés de la dama no era tanto por sus paisanos como por un joven trovador provenzal que le cantaba bajo la ventana. Enterado de este hecho, Ramón Berenguer lo hizo capturar en secreto para torturarlo y finalmente matarlo. Y, por si esto fuera poco castigo, ordenó que le arrancaran el corazón y se lo sirvieran cocinado y acompañado de otras viandas a Dolça, que se lo comió sin saber en realidad que aquel manjar era parte de su amado. Cuando el conde le confesó a su mujer lo que había comido, ella decidió no ingerir ningún otro alimento nunca más. Y así fue, hasta que murió de hambre.

La Torre del Fang, en estaso decadentw, antes de los años 60.

Al margen de esta romántica leyenda que nos remite al siglo XII, cabe destacar que la edificación que ha llegado hasta nuestros días es posterior. De hecho, las dos fachadas más antiguas datan del finales del siglo XIII-principios del XIV y XV, y corresponden a las que dan a la calle del Clot -realizadas con sillares de piedra-- y la esquina de Espronceda -con muros de mampostería ligada con arcilla--, respectivamente. Un estudio realizado por el gabinete Aqaba explica que la Torre del Fang es sólo una de las casi 30 casas que había en San Martí y la edificación más antigua de la zona. Su propiedad estuvo siempre relacionada con familias importantes barcelonesas, como la de Galzerán de Gualbes (1423), mercader y banquero del siglo XIV que llegó a ser miembro del Consell de Cent. Con los años, la masía y sus tierras pasaron por donación al clero.

Pero su papel en la historia no termina ahí. Según el estudio de Aqaba -que se ha tenido en cuenta para el proyecto de reconstrucción de la torre--, en 1713 y 1714, la torre fue utilizada por el ejército borbónico para bombardear Barcelona. Y fue justamente hacia la mitad del siglo XVIII cuando la casona se amplió con más cuerpos constructivos. Mirando su fachada maltratada por el tiempo, cuesta creer, pero parece ser que este fue en su momento un lugar privilegiado. Por un lado, su proximidad al Rec Comtal favorecía las tareas agrícolas y, por otro, estaba situada en una vía principal, ya que la calle del Clot (antes carretera de Ribas) había sido el camino real que salía desde el portal Nou de las murallas de Barcelona hasta Sant Andreu del Palomar y San Martín.