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Piedras góticas para un cóctel arquitectónico

Escrito por barcelonadeaquiparalli 18-10-2016 en Eixample. Comentarios (0)


Fachada principal de la Puríssima Concepció

Hay mentiras fruto de una invención y mentiras que se construyen piedra a piedra, a base de la superposición de varias verdades. Este es el caso de la parròquia de la Puríssima Concepció (Aragó, 299), elevada a la categoría de basílica menor por el Papa Benedicto XVI el 20 de febrero del 2009. Al verla, uno no puede evitar preguntarse: ¿qué hace una iglesia gótica en pleno corazón del Eixample, en el centro de la ciudad moderna?

Vayamos por partes porque esta basílica, la octava de las nueve que hay en Barcelona no es exactamente lo que parece, ni se parece a lo que en un principio pretendía ser, ni tampoco es exactamente gótica, sino más más bien un cóctel arquitectónico. Su iglesia y su claustro formaban parte del Convento de Santa María de Jonqueres (siglo XV), que se encontraba entre la calle Jonqueres, la Via Laietana y la plaza Urquinaona. Al conjunto se añadió el campanario románico con retoques góticos de la iglesia románica de la plaza de Sant Miquel y en la fachada que da a la calle de Lauria, la capilla del Santísimo, de nueva planta y estilo neogótico. Con todos estos elementos reales y existentes en origen, el maestro de obras Jeroni Granell inventó un nuevo decorado para un proyecto que nació con la voluntad de ser una reconstrucción de la realidad. En resumen, una mentira creativa.

Todo comenzó en 1854. Ese año se autorizó el derribo definitivo de las murallas de Barcelona, lo que puso en peligro la supervivencia del convento de Santa María de Jonqueres, ubicado en la confluencia de la Via Laietana con la calle de Jonqueres, junto a la antigua muralla. La necesaria expansión de la ciudad hacía imprescindible el derribo de este conjunto arquitectónico, pero las autoridades encontraron una solución para evitarlo: trasladarlo a la nueva área de expansión económica y demográfica, el Eixample. Aquel era todavía un paisaje de campos baldíos y se preveía que la burguesía que habitaría esta nueva zona necesitaría disponer de iglesias parroquiales como Dios manda. Así fue como, aprovechando la ocasión, el Ayuntamiento y el obispado aprobaron la operación y el traslado del conjunto arquitectónico a un terreno irregular y baldío cerca de las nuevas calles de Aragó y Llúria. Entre 1869 y 1888, la iglesia del convento, primero -el 4 de agosto de 1871 se celebró la consagración del nuevo templo llamado de la Concepción-, y el claustro, después - en 1888, el año de la Exposición Universal- se desmontó y volvió a montar, piedra a piedra, en su emplazamiento actual.

Portal principal del convento de Santa Maria de Jonqueres, en 1868

Sí, la iglesia y el claustro heredado de Santa María de Jonqueres es obra de la plenitud del gótico -empezó a levantarse en el siglo XV y el templo se consagró el 1448--. La iglesia es de una única nave, de planta ancha y dividida en seis tramos, con bóvedas de crucería. Tiene un ábside pentagonal, cubierto con una bóveda de ojivas que recuerda a una vela de barco hinchada por el viento. En los laterales de la nave hay capillas entre los contrafuertes. Pero hablar de gótico en la basílica de la Concepció, quizá es decir demasiado.

Interior de la basílica menor de la Purísssima Concepció

Es cierto que en la Concepció se emplearon auténticas piedras góticas, tan auténticamente góticas como las tres urnas sepulcrales de los siglos XIV y XV que se conservan en el claustro. Pero ya sabemos los peligros que implica una mudanza (roturas, pérdidas, cambios de lugar ...), y en este caso, supuso también la desaparición de las pinturas del ábside, obra de Viladomat (s. XVIII) y la pérdida de algunas piedras que fueron a parar a alguna otra población que ahora no viene al caso. "Hay cambios que son como pérdidas, porque el traslado del edificio, lejos de ser una reconstrucción Fidel, se convierte en una recreación medievalista que es una auténtica muestra de romanticismo lamido y tardío", resume Peñaroja en su libro Edificis viatgers de Barcelona (Llibres de l’Índex. 2007). Por otra parte, el nuevo espacio y la nueva función del templo limitaron su restitución estructural y espacial. De hecho, la iglesia tampoco es exactamente la original: la puerta, que en un principio era lateral pasó a ser central, y del claustro actual, de dos galerías y finas columnas, solo conserva la mitad de los arcos originales, los que se pudieron incluir en el espacio de 30 metros de longitud y 17 de ancho disponible. El rosetón también mantiene el aspecto original, pero por encima de este se coronó la nave con ventanas de diseño neogótico, el mismo estilo escogido por Antoni Serrallach para la construcción de una capilla de nueva creación que nada tenía que ver con el legado del convento, la del Santísimo (1869).

Claustro actual de la Puríssima Concepció

Claustro original del monasterio de Santa Maria de Jonqueres

Y, por supuesto, en una iglesia que se precie, no puede faltar un campanario. El de la Concepció, levantado en 1879, es otro añadido que procede de la iglesia románica de Sant Miquel. ¿Quiere decir esto que la basílica de la Concepció tiene un campanario románico? Pues sí pero no, y es que, si bien se podría hablar de una reconstrucción relativamente fiel de la que fue la iglesia de Jonqueras original, en el caso del campanario de Sant Miquel se cometió una infidelidad flagrante: para empezar, este elemento pasó a ser exterior a la nave del templo y con unas aberturas y un coronamiento, inventados por Granell, que responden a un estilo historicista, neogótico y afrancesado.

Así, con trocitos de realidad se levantó esta mentira arquitectónica de buena voluntad que hasta 1956 emergía y desaparecía entre el humo y el ruido de los trenes que pasaban por la trinchera ferroviaria de la calle Aragó. Hoy, las nubes negras, como las dudas sobre su autenticidad se han desvanecido y las mentiras -creativas, pero mentiras, al fin y al cabo- han dado paso a una realidad consagrada como basílica menor.


Un falso héroe layetano en el Besòs

Escrito por barcelonadeaquiparalli 15-10-2016 en Sant Martí. Comentarios (0)

En la encrucijada entre la Rambla Prim (poniente), la avenida de Alfonso el Magnánimo (levante), la calle Cristóbal de Moura (al norte) y la de Ferrer Bassa (al sur) se levanta un discreto monumento - una roca caliza con elementos metálicos incrustados- que, según la inscripción colocada en el suelo, está dedicado a Theolongo Bacchio, quien también da nombre al enclave convertido en plaza. Y os preguntaréis: ¿quién es este personaje para merecer este doble homenaje, monumento y plaza?

No, no lo busquéis en la enciclopedia ni os molestéis en preguntar a los historiadores. Theolongo Bacchio no es nadie, aunque según algunas fuentes, fue el jefe de los layetanos, aliado de Roma, que supuestamente derrotó al cartaginés Amílcar Barca en una batalla en el siglo III antes de Cristo en el territorio que hoy conocemos como Blanes. Pero no, no os dejéis engañar con historias de héroes porque Theolongo Bacchio nunca existió.

Florián de Ocampo, cronista castellano del siglo XVI, fue el introductor de este personaje en la historiografía al narrar las hazañas de este caudillo en su Crónica general de España. Y posteriormente, otros autores como Pere Antoni Beuter (Primera parte de la Historia de Valencia, 1538), Esteban de Garibay (Compendio historial de las chrónicas y universal historia de todos los reinos de España, 1571) y el mismo Antoni Bori y Fontestà en su Historia de Cataluña, publicada el siglo XIX, lo dieron como fuente fiable. Sin embargo, no es justo responsabilizar totalmente de esta mentira a Ocampo, ya que él señaló en su día como fuente un texto epigráfico recogido en la obra de Ciriaco Pizzicolli de Ancona, célebre viajero y buscador de antigüedades del siglo XV.

En cualquier caso, y al margen de quién echó a rodar su historia, si el personaje y sus hazañas son mentira, ¿por qué hay un monumento dedicado a él en el corazón del barrio del Besòs? Todo comenzó en 1960, cuando el entonces llamado Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona empezó a construir el barrio del Besòs. Las carencias de la nueva barriada eran muchas, desde su planificación urbanística hasta los servicios. En ese momento, la única entidad social del barrio era la Asociación de Cabezas de Familia, dominada en buena parte por los falangistas y adictos al régimen. Esta asociación pensó refundar nominalmente el barrio y, en este sentido, pensó en levantar un monumento para acompañar este proyecto y ver si de esta manera el Ayuntamiento no se olvidaba de las necesidades del barrio. "Para el nombre del barrio se propuso San José, que reunía varias virtudes aparte de las religiosas: podía representar a san José Artesano, a José Antonio Primo de Rivera o José María de Porcioles. Ocurre que la realidad suele ser muy tozuda y los nombres artificiales tienen poco futuro. Total, que prevaleció el de Besòs y todo quedó en agua de borrajas. Entonces se debatió la idea del monumento, y se barajaron dedicaciones diversas: al ya citado alcalde Porcioles, a Carmen Polo de Franco –la mujer del dictador–o al ama de casa”, explicaba Josep M. Huerta Clavería en un artículo titulado El monumento el héroe que no existió y publicado en La Vanguardia el 20 de mayo del 2002.

Pero el ponente de Cultura de la asociación, Joan Fontanillas, un técnico de Macosa, la gran fábrica sobre los terrenos de la cual se levanta ahora Diagonal Mar, buscaba algo más histórico, menos ligado a la política del momento. Y he aquí que un día, localizó en los encants del mercado de Sant Antoni un libro de Antoni Bori Fontestà donde descubrió el personaje de Theolongo Bacchio. El libro en cuestión del maestro catalanista del siglo XIX no era otro que Historia de Cataluña (1898), donde se puede leer: " Al paso por Cataluña hallaron algunas tropas de Aníbal corta resistencia en los layetanos e indígetas capitaneados por Telongo Bacchio, quien, habiendo contraído estrecha alianza con Escipión, mereció que éste le erigiese un monumento en Blanes”. Sin pararse a pensarlo, Fontanillas escribió una carta al Ayuntamiento de Blanes que recibió una escéptica respuesta en torno al episodio en febrero de 1968: allí no quedaba nada del hipotético monumento, aunque sí había una calle dedicada al jefe layetano.

Pero Fontanillas no se rindió y sin consultar a la asociación pidió permiso al Patronato Municipal de la Vivienda para colocar un monumento dedicado a este héroe. Mientras tanto, puso en marcha su cruzada particular: divulgó la historia del personaje, cada vez más adornada en las escuelas del barrio e hizo, incluso, que se aprendieran un guion sobre ella los miembros de un cuadro escénico, que se volcó en representar la vida y milagros del caudillo layetano. Cuando los del Patronato pidieron pruebas, Fontanillas se presentó con sus actores, que recitaron en latín fragmentos de Tito Livio.

El esfuerzo dio resultados. La consejería del distrito otorgó 8.000 pesetas de la época para levantar un monumento sencillo -el dinero no daban para hacer milagros- que Fontanillas, por su cuenta completó. "En la escuela de aprendices de Macosa recorté con un oxígrafo la cabeza de Bacchio y pusimos en una plaza del Besòs dos rocas, la cabeza recortada y la placa de mármol de Blanes. Pero a última hora añadí otra placa [de espaldas a la autoridad competente], de metal en este caso, en la que se informaba en catalán de que el monumento había sido realizada en la escuela de aprendices de Macosa", evocaba Fontanillas en dicho artículo de Huertas publicado en La Vanguardia. Por su parte, la Asociación de Cabezas de Familia, reconvertida mientras duró el proceso en asociación de vecinos dio por válida la operación y se sumó a Fontellas pidiendo el ajardinamiento del lugar elegido para poner el monumento, que entonces no era más que un terreno baldío y abandonado. El barrio del Besós, ya tenía su monumento.

Desde la inauguración, el 22 de mayo de 1973, en el barrio se popularizó la denominación de la plaza de Theolongo Bacchio para el lugar donde se colocó, pero oficialmente aquel rincón continuó sin tener nombre hasta noviembre de 1992, cuando el distrito de Sant Martí aprobó el arreglo, la ordenación del espacio y el otorgamiento de una denominación. La propuesta de nombre estaba clara, pero en la misma sede del Distrito ya se sospechaba de la falsedad de los datos que se alegaban en las inscripciones del monumento. Una consulta en el Museu d’Historia de la Ciutat acabó de sacar de dudas. "La respuesta del entonces director del Museu confirmó las sospechas del Distrito y consideró nula la relación entre el personaje (Theolongo), el pla de Barcelona (Betulon y Barcino) y la causa (el paso de los cartagineses por la costa catalana) ", explican Alfred Bosque, Jodi Cortadella y Josep David Garrido, profesores de la UAB en el artículo Teolongus Bachius, un heroi blanenc que mai no existí, publicado en el 2002 en La Blanda, publicación del archivo municipal de Blanes. Quedaba muy claro: Theolongo Bacchio era un personaje ficticio. Pero en el nomenclátor, la denominación popular ganó la batalla a la evidencia y la plaza fue inaugurada con su nombre actual el 16 de mayo de 1993.

Y he aquí la falsa historia de un héroe inventado, que campó durante siglos por la historia de Cataluña para acabar descubierto y desmentido pero inmortalizado en las calles de Barcelona.

Un puzzle de mentiras

El monumento a Theolongo Bacchio consta de dos partes. Por un lado, un bloque de piedra caliza de un metro de altura y 50 centímetros de ancho. En la mitad superior de la piedra había fijado un perfil barbudo de bronce (hoy desaparecido) por encima de unas ramas de laurel. Por otra parte, una losa de hormigón (la placa de mármol dada por el Ayuntamiento de Blanes) empotrada en el suelo que en realidad son dos losas: en la superior, una inscripción grabada sobre el hormigón reza en mayúsculas: "AL LEGENDARIO CAUDILLO DE LOS LAYETANOS TEHOLONG BACCHIO VENCEDOR DE LA BATALLA DE BTULON SIGLO III A.C. EN ESTOS CAMPOS PROVENÇALES". Y en la inferior, una placa de bronce en la que están grabados el busto de Theolongo y una inscripción en catalán. Al texto de la izquierda se explica por el pasaje de Bori y Fontestà: " THEOLONGO BACCIO FILL DE BLANDA (BLANES) ATACÀ A ANÍBAL AL SEU PAS PER CATALUNYA. ELS GENERALS ROMANS ESCIPIONS LI ERIGIREN UN MONUMENT A BLANES A LA GRATA MEMÒRIA LLEIALTAT VALOR I SENY". El de la derecha es una mezcla entre la noticia Llibre de Feyts d’Armes de Catalunya (Bernat Boades) i la Historia de Cataluña de Víctor Balaguer: “TEHOLONGO BACCHIO CABDILL DELS LAIETANS VENCEDOR D’AMÍLCAR BARCA I DELS CARTAGINESOS EN LA BATALLA DEL BETULO SEGLE III ABANS DE JC. DE RESULTES DE LA DESFETA ELS CARTAGINESOS MURALLAREN LA CIUTAT DE BARCINO (BARCELONA) I FOREN EVAQUATS PER MAR PER L’ALMIRALL ASDRÚBAL. REALITZAT PER L’ESCOLA D’APRENENTS DE MACOSA V-1973”.

Cabe destacar que Balaguer explica que el nombramiento de Theolongo es posterior y consecuencia de las luchas entre Amílcar y los pueblos del litoral, y no contemporáneo de ellas. Pero, como se trataba de encontrar una buena historia, no una de auténtica, la inscripción convierte al caudillo layetano en vencedor de Amílcar en el territorio donde hoy se encuentra el barrio del Besòs. ¿Como resistirse a creer una historia así?



Tres masías para la historia, en Sant Andreu

Escrito por barcelonadeaquiparalli 29-09-2016 en Sant Andreu. Comentarios (0)

Cal Borni, la antigua Torre del Baró y la Torre dels Pardals. Tres masías ya desaparecidas que fueron escenario de capítulos puntuales de la historia y que revelan la importancia de Sant Andreu de Palomar en los hechos históricos ocurridos entre el siglo XVII e inicios del XVIII, y en concreto entre 1640 y 1716. Por una parte, Sant Andreu sufrió los efectos de las revueltas y las diversas guerras que se sucedieron, y por otra, muchos miembros de la población participaron activamente en el devenir de los hechos y en episodios puntuales. Existen testimonios escritos de la presencia de ‘segadors’ y ‘somatens’ de varias comarcas en Sant Andreu durante los hechos de mayo y junio de 1640, del asentamiento de tropas españolas durante el sitio de Barcelona de 1652 y el de tropas francesas en el sitio de Barcelona de 1697.

En mayo de 1704, el grueso del ejército austracista desembarcado en la boca del Besòs se alojó en Sant Andreu, y en Santa Eulàlia de Vilapicina se produjeron algunos choques cuando las tropas borbónicas intentaron romper el cerco sobre Barcelona. Sant Andreu proporcionó contingentes importantes a los somatenes del Vallès que atacaron el ejército de Felipe V a su paso por la Torre del Baró, el cual tomó represalias contra la población andreuenca. En agosto de 1705 los ‘prohoms’ de Sant Andreu juraron lealtad al archiduque Carlos, que acababa de desembarcar, en la masía de Cal Borni. A los pocos meses se invirtió la situación, y Sant Andreu fue ocupado por el ejército borbónico del duque de Noailles que sitiaba Barcelona.

El archiduque Carlos pasó revista al Regimiento de la Real Guardia Catalana en territorio de Sant Andreu en mayo de 1709. Las tropas borbónicas iniciaron un nuevo cerco sobre Barcelona en julio del 1713, y ubicaron uno de sus principales centros de operaciones en Sant Andreu , en la Torre dels Pardals, cerca del Guinardó. En este lugar se establecieron cuarteles, una potente batería de artillería y un punto de observación avanzado para el alto mando francés, el duque de Popoli primero y el duque de Berwick después, ya en la última fase del asedio, el verano de 1714.

Quedémonos con estos tres escenarios: Cal Borni, la antigua Torre del Baró y la Torre dels Pardals. Tres escenarios de episodios históricos puntuales, tres masías de Sant Andreu de las que ya no queda ni rastro, pero que merecen ser recordadas. ¿Por qué fueron las elegidas? ¿Qué papel jugaban entonces? ¿Quiénes eran sus propietarios? ¿Qué ha llegado de ellas a la actualidad?

La antigua Torre del Baró

La antigua Torre del Baró

Los territorios de la antigua Torre del Baró abarcaban la Quadra de Vallbona (actualmente los barrios de Torre Baró, Ciutat Meridianta i Vallbona), situada en uno de los extremos del antiguo término municipal, allí donde acababa el territorio de Barcelona y empezaba el antiguo término del castillo o baronía de los señores de Montcada. Históricamente, el límite había sido el torrete de Tapioles, aunque actualmente está delimitado por el cerro de la Batería. La noticia más antigua de la entonces llamada Casa o Torre de Vallbona data del 1172, en el testamento de Carbonell de Vallbona. En el siglo XIV fue adquirida por  Guillem de Argentona, que en el 1339 tenía problemas por el hecho de que el Rec Comtal cruzar por mitad de sus tierras e hizo variar el curso del Rec sin el consentimiento del rey, quien le obligó en 1361 a devolver el paso del agua por su antiguo curso. Su hijo, Guillem de Argentona, era un caballero y militar que luchó contra el rey de Castilla durante la guerra de los dos Pedros, entre 1361 y 1363. Al finalizar la guerra, se volvió a la casa Vallbona, que se convirtió en su residencia habitual en 1364. Un año después consiguió cercar toda su propiedad y crear una dehesa que dependía del castillo de Montcada, a pesar de que parroquialmente pertenecía a Sant Andreu de Palomar.  Posteriormente, la propiedad pasó a manos de la familia de los barones de Pinós, que en el siglo XVI construyeron una torre rural en aquel terreno. De ahí que pasara a ser conocida como la Torre del Baró.

Pero esta edificación no es la que se encuentra actualmente ne la montaña ni tampoco la que muchos ‘andreuencs’ recuerdan y que fue derribada en 1967, con la puesta en marcha de la Meridiana. La antigua Torre del Baró estaba situada muy cerca de la nueva torre, en el camino de la torre nueva a la fuente del Mugueral, cerca del torrente de Tapioles.

La vieja torre no aguantó ni dos siglos en pie. El barón de Pinós fue uno de los defensores de la ciudad de Barcelona durante el sitio del 1714. Durante ese periodo, bajo las órdenes de Felipe V, se ordenó quemar la Quadra de Vallbona y destruir la casa propiedad del barón rebelde.

En el censo de 1716 contaba con unos 600 habitantes. Su población se distribuía de manera dispersa por un extenso territorio entre el núcleo principal, en torno a la parroquia de Sant Andreu, otro secundario cercano a la iglesia de Santa Eulàlia de Vilapicina, y numerosas masías diseminadas. Con la organización política local, impuesta por el Decret de Nova Planta (1716), Sant Andreu tuvo ayuntamiento propio, segregado de la administración de Barcelona. Al caer Barcelona, el barón de Pinós huyó y Joan de Sarriera Rocabertí, el conde de Solterra, aliado de Felipe V, se quedó todo el territorio en propiedad sin la torre, que quedó totalmente destruida y de la que se conservaron algunos restos hasta después de la Guerra Civil (1936-1939).

Cal Borni

En el númCal Borni a principios del siglo XX.ero dos de la calle Gran de Sant Andreu, un coro de voces infantiles se une al trasiego diario de los coches, la gente que va y viene. Es la banda sonora de la escuela Turó Blau, conocida con este nombre desde 1982, fundada en 1940 como Escuela Municipal de Formación Doméstica Teresa de Jesús. Ni una pista, ni una placa, nada en ese lugar queda ya de la masía que se levantaba sobre ese mismo solar y que vivió algún que otro importante momento histórico: Cal Borni. Cuenta la leyenda que el origen de su nombre está en su propietario, que durante una fiesta con fuegos artificiales se quedó tuerto (borni, en catalán) tras caerle un cohete en el ojo.

Actualmente, quizá no lo parezca, pero Cal Borni estaba situada en un punto estratégico: justo donde empezaban las tierras municipales de Sant Andreu, entre el Camí Reial --actualmente, la calle Gran de Sant Andreu-- y el cruce con la Riera de Horta, lo que hoy conocemos como la calle  Pare Manyanet.

Esta riera era el límite oriental del territorio de Barcelona; el occidental lo marcaba la riera de Sants (la Riera Blanca).  Pedro el Grande, en el 1284, decretó estos límites como zona exenta de pago de diezmos y primicias de los frutos cosechados. La riera de Horta, además, al ser el límite del espacio constituido como territorio barcelonés, fue uno de los lugares escogidos por los consejeros y los gobernadores locales de Barcelona para recibir a las autoridades destacadas que acudían a la ciudad, y desde aquí partían luego en comitiva hacia la capital. Protocolos al margen, la riera también servía de barrera epidemiológica; es decir, cuando se sabía que había peste en Barcelona, no se dejaba pasar a nadie y la población de Sant Andreu quedaba protegida.

En el libro ‘Les masies de Sant Andreu de Palomar. Inventari de cases de pagès andreuenques’ (Llop Roig, 2014) descriu així la masia: “La casa, de planta cuadrada, tenía planta baja, un piso y buhardilla. En el techo tenía un pequeño torreón. El tejado era a cuatro aguas desde el torreón y con teja árabe. Hacia el siglo XIX se le hizo un balcón en la esquina entre la calle Grande Sant Andreu y la Riera d’Horta. En la misma esquina, en la primera planta sobre el balcón, tenía una hornacina con la Virgen María y el Niño Jesús. La parcela, además de la casa, contaba con un gran jardín que iba desde la casa hasta la calle Sant Sebastià en el que incluso había un estanque con barcas”.

Cal Borni era la primera casa del pueblo entrando por Sant Martí de Provençals, por ello también sirvió durante mucho tiempo como casa de ‘burots’, una especie de aduana, ya que la gente que transportaba mercancías en los carros y caballos primero –luego llegarían los automóviles-- tenía que pagar unos impuestos.

Los primeros propietarios documentados fueron la familia Umbert, grandes terratenientes en Alella, que adquirieron la finca durante la Guerra dels Segadors ( 1640-1656). Gabriel Umbert murió hacia 1658 y dejó la casa a su hijo Jaume, propietario hasta que murió en 1685. La saga continuó con su hijo, que también se llamaba Jaume y que murió hacia el 1700, y su hermano Gabriel fue el admnistrador hasta que su sobrino Jaume alcanzó la mayoría de edad.

Durante la Guerra de Sucesión (1702-1714), el mismo archiduque Carlos III, en el 1709, utilizó Can Borni como cuartel general de su plana mayor. E incluso su esposa, Elisabet Cristina de Brunswick, se alojó en ella durante unos días, así como otras personalidades durante los siglos XVIII y XIX.

Pero a mitad del siglo XVIII las deudas empezaron a acumularse y Jaume Umbert vendió la casa, que pasó a manos de Anton Batista, conocido como Anton Borni, de ahí el hombre de la casa. La familia Batista era muy respetada y considerada una referencia en el pueblo. Durante la Guerra del Francés (1808-1814) el comandante que controlaba el acceso al pueblo se instaló en la casa y, durante el conflico, la única persona que pudo pagar la exención de quintas para no ir a la guerra fue Miquel Batista, uno de los hijos de Anton Borni. En diciembre de 1835 unos ladrones entraron a robar en la casa y asesinaron a Anton Batista.

Engràcia Batista Planas, la última heredera de los Batista, murió el 16 de noviembre de 1891, y dejó gran parte de sus propiedades a la parroquia de Sant Andreu, aunque la casa aún segúa en manos de su familia, primero de su marido, Josep Bogunyà Vila, como usufructuario de sus bienes, y después de sus herederos.

Al llegar el siglo XX la casa empezó a entrar en decadencia. Antes de empezar la Guerra Civil (1936-1939), el Ayuntamiento –Sant Andreu se anexionó a Barcelona en 1897—decidió construir en ese terreno un hospital. Para ello, como se trataba de una casa señorial, fue desmontada piedra a piedra y almacenada en algún lugar de Barcelona para poder reconstruirla en otro lugar de la ciudad.

En el solar se empezó a construir un edificio destinado a hospital, pero el edificio aún estaba por terminar cuando la guerra se acabó y el proyecto de hospital se paró. Entonces, los propietarios iniciaron los trámites con el Ayuntamiento para vender los terrenos de la casa y, una vez adquiridos por el municipio, se decidió construir una escuela En el solar se empezó a construir un edificio destinado a hospital, pero el edificio aún estaba por terminar cuando la guerra se acabó y el proyecto de hospital se paró. Entonces, el Ayuntamiento compró el terreno y decidió construir un colegio. Así, en 1940 entró en funcionamiento la Escuela de Formación Doméstica Teresa de Jesús, inaugurada oficialmente el 17 de julio de 1941 y destinada a formar las niñas de 5 a 12 años para llevar un hogar y educar a sus hijos, además de formarlas en la enseñanza primaria y en el adoctrinamiento religioso. A lo largo de los años, la escuela sufrió diversos cambios pedagógicos, aunque quizá la fecha que marcó una inflexión en su transformación fue el curso 1979-80, cuando se implantó la coeducación. En 1982, el claustro pidió el cambio de nombre y pasó a llamarse Turó Blau, en referencia al último cerro de las montañas de Moncada que marcaba el límite del pueblo de Sant Andreu y donde, además, nace la riera de Horta, que antiguamente pasaba por delante de la escuela.

La Torre dels Pardals o Mas Roig

La Torre dels PardalsDe ella no queda más que su recuerdo en el nomenclátor de la ciudad, gracias a la calle homónima que va desde la calle Muntanya hasta la calle Amílcar, y un poema escrito por Magí Valls Martí (18885-1970), hijo de Josep Maria Valls Vicens, uno de sus propietarios, con motivo de su derribo en 1963. Sobre el solar que acoge desde esa fecha un enorme edificio esquinero de seis plantas se levantaba la Torre dels Pardals.

El hecho de haber desaparecido no puede borrar el mérito de ser lo que fue: una de las masías con más historia del Guinardó. Era un edificio de fuertes muros con una torre alta a un lado que le conferían casi el carácter de castillo. “La masía ocupaba un solar de forma cuadricular de 4 áreas y 35 centiáreas, según consta en la ecritura de propiedad. La casa constaba de planta baja, un piso principal y buhardilla, y destacaba una torre que la caracterizaba. Delante tenía un patio una era de 28 áreas y 66 centiáreas. La finca de la Torre dels Pardals incluía otra masía llamada Can Xica o Can Bartra” (‘Les masies de Sant Andreu de Palomar. Inventari de cases de pagès andreuenques’. LLop Roig, 2014)

Al menos así quedó tras su restauración a cargo del arquitecto Josep Rubió  Bellver, que la transformó en una villa modernista, por encargo de José Roig, un rico harinero de Reus que la compró en 1915. Con la reforma “la casa mantuvo su planta rectangular original pero se amplió. La buhardilla pasó a ser una segund planta y la cubierta se convirtió en plana transitable con una barandilla balaustrada. A la torre se le añadió una planta más y se coronó con una cubierta a cuatro aguas. Las aperturas, tanto de la torre como del resto de la casa, se multiplicaron y se añadieron miradores. El interior de la casa también fue decorado con acabados suntuosos, exquisitos artesonados y excelentes trabajos de ebanistería. La salida de la casa se convirtió en un magnífico patio de reminiscencias clásicas, con parterres. Todo el patio estaba delimitado por una original valla modernista”.

Antes de José Roig y su reforma, la casa perteneció a Josep M. Valls Vicens, un banquero de Barcelona que la adquirió a finales del siglo XIX. Pero los orígenes se remontan aquellos restos de termas romanas que se encontraron durante una reforma del siglo XVIII. La construcción del gran casalón es en realidad del siglo XV, aunque se cree que este se edificó sobre otra construcción ya derribada en el siglo XIV y que, según un documento de 1389, pertenecía a la familia Bernat Gassó.

Sea como fuere, la masía jugó un papel destacado en diversas épocas históricas, como en las guerras del siglo XVI. Más tarde, durante la lucha de 1714 contra Felipe V, en la Guerra de Sucesión, fue sitiada durante muchas batallas. Destaca la batalla del 8 de abril de 1714, a las puertas del edificio. Se dice que el mismo archiduque de Austria, durante una visita por la zona se alojó en ella. Posteriormente, también fue testimonio de las guerrillas durante la invasión napoleónica de 1808.

A mediados del siglo XIX, la finca de la Torre era propiedad del Estado español, tras serle expropiada al Seminario Conciliar de Vic.  Miquel Roldós Serrat se convirtió en su propietario al pujar por ella en una subasta celebrada el 29 de abril de 1871, aunque en junio de aquel mismo año y sin haber pagado ni el primer plazo, se declaró en quiebra. La había comprado por 207.001 pesetas de la época y la vendió por 500 a Tomàs Fàbregas Boquet en 1876. Tras su muerte, pasó a sus hijos, Rosendo y Joan Fàbregas Alier. Y de ellos, en 1893, al doctor en Medicina Josep Ricart Gila, que se la vendió en 1897 al terrateniente de Sant Martí de Provençals Pere Borràs Suñol. Y poco después, la compró Josep Maria Valls, que la restauró la casa sin que perdiera el estilo de masía, al que puso fin su siguiente propietario, Joan Roig, como se explica más arriba.

Durante la República, la casa se convirtió en la Escola de la Natura. Y en ella también vivió el presidente de las Corts de la República, Diego Martínez Barrio, cuando el gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona, de octubre de 1937 a enero de 1939, cuando se vio obligado a huir a Francia debido a la entrada de los nacionales en Barcelona. Eso punto y seguido a la historia de la Torre dels Pardals. El punto y final lo pondría su derribo en 1963.


Una isla de casas del XIX bendecida por el agua

Escrito por barcelonadeaquiparalli 18-09-2016 en Historia. Comentarios (0)

Pasa desapercibida. A simple vista, la calle Torrent de la Guineu no es más que un callejón sin salida que desemboca en la calle Bofarull, a la altura de la plaza de Islàndia, en el barrio de Navas. El origen de su nombre está en el torrente que nacía en el parque del Guinardó, en la Font del Cuento. Allí brotaba el agua que, tras girar primero hacia el norte para sortear el pequeño cerro del Puig del Cogol seguía su descenso en busca del mar. Solo tres calles de las que seguían el trazado del antiguo torrente se han conservado hasta nuestros días.

De su recorrido por el Guinardó queda la calle Agregació. En el pasaje Artemis, por debajo de la plaza Maragall, ya en el barrio de Nava --distrito de Sant Andreu de Palomar-- el torrente pasaba junto a una de las hileras de casas. Después bajaba más o menos en paralelo a la calle Navas de Tolosa y, una vez atravesada la avenida Meridiana junto, a la plaza de la Guineu, se llega a nuestro punto de partida, el Torrent de la Guineu, la última de las tres calles que siguen el trazado del torrente y la única que conserva su nombre.

Las casas de la calle Torrent de la Guineu, construidas en la década de 1870

Desde la calle Bofarull apenas se aprecia, pero el callejón se ensancha hacia el fondo, justo donde aparece una hilera de casas construidas en la década de 1870, con los números del 106 al 118. Sí, es que el Torrent de la Guineu es uno de las pocas calles de Barcelona que no empieza en el número 1 o 2 sino directamente en el 106.

Rebuscando entre los antiguos mapas de la ciudad, en el Pla de Barcelona de Josep Maria Serra, de 1890, aparece dibujado el trazado del torrente de la Guineu, que en su tramo superior marcaba la frontera entre los antiguos municipios de Sant Andreu de Palomar i Sant Martí de Provençals. Y al llegar al cruce con la calle de Bofarull, se descubre dibujada una isla de casas en medio de una gran zona sin urbanizar que corresponde a ese callejón sin salida que ha llegado hasta nuestros días.

Aunque aparentemente parezcan aisladas, lo cierto es que están situadas en un lugar ideóneo. Teniendo en cuenta que, en el siglo XIX, uno de los principales requisitos para construir una casa era buscar una fuente de agua, resulta más que probable que los primeros habitantes de este lugar que se instalaron allí, abrieran un pozo para surtirse sin ningún problema, ya que el subsuelo del torrente siempre lleva agua.

Mapa del Pla de Barcelona de Josep Maria Serra, de 1890

Históricamente, el territorio que hoy ocupa el barrio de Navas quedaba repartido entre los vecinos barrios de El Clot y La Sagrera. Como estos dos, hasta el siglo XIX lo que hoy es el barrio de Navas era un terreno agrícola, que pertenecía al municipio de Sant Martí de Provençals, anexionado por Barcelona en 1897. Los cultivos aprovechaban el paso del Rec Comtal, que actualmente discurre bajo la calle de Bofarull. Navas fue un terreno prácticamente despoblado hasta el siglo XX, y los pocos edificios que se levantaban en esos campos eran masías, como Can Sallés, que sumaba 17 hectáreas -en cuyo lugar hoy se encuentran las Casas del Gobernador- Can Forga, junto al torrente de La Guineu -por donde hoy discurre la calle de Navas de Tolosa- y la Torre de Fang, la única que sigue en pie en la actualidad.

Quizá ahora no lo parezca, pero este punto en que el torrente de la Guineu se une con la calle Bofarull es un punto singular. Navas se distingue de los barrios de alrededor por sus islas de casas, que siguen el diseño del Plan Cerdà. Sin embargo, en esa disciplinada cuadrícula urbanística, la calle Bofarull atraviesa todas las islas trazando una diagonal.

No es un capricho urbanístico, su trazado se corresponde con el de un antiguo camino que sale del Portal Nou, en Ciutat Vella, y toma la antigua carretera de Ribes, en el Fort Pienc. Además de la calle Bofarull, siguen también ese mismo trazado las calles Clot, Major de la Sangrera y Gran de Sant Andreu, en dirección a Montcada. Es la huella del Rec Comtal. Esa era la vía de salida de Barcelona hacia el norte y hacia el interior.


Un coloso de las vías en el olvido

Escrito por barcelonadeaquiparalli 30-08-2016 en Sant Martí. Comentarios (0)

Antigua estación de la SagreraEn dirección a Clot, en la calle Gran de la Sagrera se alza un vetusto edificio con vistas al puente de Calatrava y a las inacabadas obras de lo que será en un futuro -cercano o no- la gran estación central e intermodal de pasajeros que aglutinará cercanías, regionales, largo recorrido y alta velocidad. Este antiguo edificio es el único superviviente de la antigua estación de mercancías que construyó la Compañía del Ferrocarril de Madrid, Zaragoza y Alicante (MZA). Cuesta imaginarlo, pero en el vacío que queda a su izquierda hubo en su día un edificio gemelo y un conjunto de casas de planta baja en las que vivían los empleados de la estación. Había color, movimiento, actividad, trasiego, ir y venir… vida. Hasta que todos fueron derribados.

Y sobre el terreno, solitario, solo quedó este edificio hoy ceniciento y decadente pero que aún mantiene su aspecto del coloso que debió ser: un coloso de estructura simétrica, formado por un cuerpo central y dos laterales, uno de ellos coronado por una pequeña cúpula, que se resiste a caer en el olvido y exhibe orgulloso lo que un día fue.

Antigua estación de la Sagrera

“Ferrocarriles de MZA. Barcelona-Clot (Sagrera). Mercancías a pequeña velocidad”, reza un enorme cartel metálico sobre los accesos principales de su fachada principal, que se asoma a la Baixada de la Sagrera, una calle que nació hacia el 1920 como vía de acceso a la puerta principal de la estación y que figura ya con este nombre en el nomenclátor de 1925. La calle formaba una especie de L, con entrada por la Sagrera y salida al inicio de Berenguer de Palou, y en el lado de montaña se encontraban los subterráneos de los edificios con entrada por la Sagrera y varios talleres.

La Baixada de la Sagrera

La Baixada de la Sagrera es la única calle del barrio que conserva el suelo de adoquines, y no de unos cualquiera, no, sino de los producidos por Fomento de Obras y Construcciones en la pedrera del Remei de Caldes de Montbui. De hecho, una de las razones por las que Fomento instaló su depósito en la cercana Torre del Fang, era que la proximidad de la estación de mercancías le permitía expedir los adoquines que desde Caldes, vía Mollet, llevaba a la Sagrera para enviarlas desde allí a todo el Estado.

El tren de abajo o de Francia, como se conocía a esta vía de la línea MZA (Madrid, Zaragoza, Alicante), llegó a Barcelona el 1854. Las mercancías se repartían entonces entre las estaciones del Clot y la de França hasta que en 1919 se inició oficialmente la construcción de la estación de mercancías “a pequeña velocidad”. Una denominación peculiar, pero ajustada a la realidad, ya que se trataba de una extensión del centro de mercancías del Clot, construida entre 1912 y 1918 y de la que tan solo quedan los arcos de piedra de una de las naves hoy totalmente integrados en la arquitectura del parque del Clot. La estación de la Sagrera, con las obras ya acabadas, entró en funcionamiento en diciembre de 1923. A cargo del contratista Josep Miarnau Navàs, tenía como objetivo descongestionar la del Clot, necesidad imprescindible también para permitir la ampliación de la estación de Francia, que sufría saturación de servicios. Así, asignando las mercancías a la Sagrera y el Morrot, se despejaban también las estaciones de pasajeros.

Fachada principal de la estación de La Sagrera

La estación estaba limitada en el lado opuesto por la ronda de Sant Martí; al norte, por el Pont del Treball, y por el puente de Calatrava, al sur. En su época esplendor ocupaba unos 200.000 metros cuadrados de superficie y disponía de una playa de vías que sumaba 17,5 kilómetros de longitud. Y, aunque se concibió como un apéndice de la del Clot, terminó tomando mayor importancia por las posibilidades que ofrecía en cuanto a superficie útil, volumen de mercancías, aduana, comunicaciones, telecomunicaciones y servicios administrativos, entre otras cosas.

Claro que la obtención de estos 200.000 metros cuadrados no estuvo exenta de conflictos. El primer proyecto de 1912 lo tumbaron; el de 1914 se aprobó en 1915 y se tuvieron que expropiar una treintena de propietarios, la mayoría aristócratas, como el barón de Albí, el conde de Sert o la marquesa de Monistrol, que con el maestro de obras Ribera Quadreny, que presidía la Junta del Rec, no lo pusieron nada fácil, y obtuvieron la construcción del puente de Espronceda que cruzaría las vías y la promesa de la construcción del puente del Treball.

La estación también comportó delincuencia. Las mercancías que traían los trenes, algunas procedentes del puerto, otras de Francia, constituían un buen botín, de manera que la estación siempre estuvo custodiada por aduaneros y guardias jurados, aunque a veces el robo venía de dentro. El verano de 1927 detuvieron a Enric Masferrer Casanova y Manuel Villuendas Tejedor, que escondían mercancía al lado del Rec Comtal, entre las hierbas, y la iban a buscar al acabar su turno.

Entrada lateral estación de la Sagrera

En 1910 se empezó a mover el tema de la estación de mercancías, en 1983 los arquitectos Enric Batlle, Joan Roig y Xavier Basiana hicieron el primer planteamiento para ordenar la viabilidad de la zona apuntando hacia una nueva puerta norte ferroviaria, cara a la transformación olímpica de 1992; se planteó la construcción de una nueva estación central ferroviaria similar a la de Sasnts que, además de reestructurar la red ferroviaria de la ciudad, sería el motor de transformación y desarrollo del Clot, la Sagrera y Sant Andreu, creando una nueva área de centralidad. En 1990 Arenas, Basiana y Gil hicieron el proyecto, al que se añadió Norman Foster en 1991, con un horizonte de la Sagrera 2004.

Las tensiones entre Fomento, la Generalitat y el Ayuntamiento, en especial en épocas de colores políticos enfrentados, aplazaron in aeternum el inicio de las obras, que no arrancaron en firme hasta el 2009, y así están, sin die, para acabarlas. Entre medias, escándalos de fraude. La vieja estación ha sido prácticamente derribada; nada queda de la inmensa playa de vías ni de los pabellones utilizados para la distribución y almacenaje de mercancías situados en la zona de andenes. Nada, excepto ese edificio, carente de los rasgos monumentales y artísticos de otras estaciones de su época a nivel arquitectónico, pero que respondió con creces a su función. Él es el único testigo de lo que fue en su día esta enorme estación central de mercancías de Barcelona.  Él y un pequeño bar, existente desde siempre, lugar de almuerzos de los trabajadores de la estación y de Correos, parada de taxistas y transportistas.