Barcelona de aquí para allí

Dos Hermes de plástico, más bajitos y con menos culo


Fachada principal del edificio Pich i Pon, en plaza Catalunya

Sigilosos y silenciosos dos adolescentes con casco alado y caduceo en la mano parecen a punto despegar desde el punto más alto de su atalaya, los dos templetes que coronan el edificio ubicado en el chaflán de Ronda Universitat con Rambla Catalunya, la casa Pich i Pon (1.878 - 1.937). Son dos representaciones idénticas de Hermes, el semidiós griego (Thot para los egipcios y Mercurio para los romanos), patrón de los mercaderes y de los oradores, y también de los ladrones y los mentirosos. Sí, los mentirosos, a pesar de que ellos han sido testigo y parte de alguna que otra mentira.

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Hoy es prácticamente imposible concebir este edificio novecentista de la plaza Catalunya sin la presencia de estos dos amorcillos, y en cambio, estos dos mensajeros de los dioses ni son los originales de bronce ni han estado siempre ahí. El boca-oreja primero, y luego internet, hicieron correr la historia de que los amorcillos son de plástico porque su propietario, el industrial y político lerrouxista Joan Pich i Pon hizo sustituir los originales por otros de plástico para evitar que los robaran, protagonizando así quizá la que fue su piquiponiana más destacada.

Joan PIch i Pon

Permitidme aquí un inciso porque nada de esto tiene sentido para aquellos que no tengan claras dos cuestiones: ¿Quién era Pich i Pon? Y qué es una piquiponiana? "Fue alcalde de Barcelona entre enero y octubre de 1935. Lerrouxista, acumuló un largo currículum en el sector público, siendo concejal, senador y diputado, entre otros cargos, a pesar de sus limitaciones culturales. Su acusada falta de formación no le impidió ser un empresario de éxito, pero a su vez provocaba que fuera objeto de continuas burlas por sus interminables errores en el significado de palabras y frases, que junto con otras anécdotas recibieron el calificativo popular de piquiponanes", explicaba el periodista Xavi Casinos en un artículo publicado en La Vanguardia en noviembre del 2014. A modo de ejemplo, a este personaje se le atribuyen frases como "Soy partidario del homosexualismo, es decir, que hombres y mujeres puedan amarse y dejarse cuando las parezca bien" o "En la Rambla de Cataluña han abierto un restaurante con luz genital", entre muchas otras.

En resumen, y volviendo al tema que nos ocupa, que es el cambio de los Hermes de bronce por los de plástico: el abanico de piquipoinianes es tan amplio, que hoy es difícil determinar cuáles fueron reales y cuáles inventadas, pero al César lo que es del César, y esta es una falsa piquiponiana. Para empezar, este intercambio, según esta versión, debería haber pasado entre los años 20 y 30 (Pich i Pon murió en 1937) y, aunque el invento del plástico se remonta a mediados del siglo XIX, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX cuando su uso se popularizó. Sí, es cierto que los Hermes son de plástico, en concreto de poliéster y fibra de vidrio, pero no porque los mandara colocar Pich i Pon, sino porque forman parte de un proyecto de rehabilitación que el arquitecto Jordi Romeu, especialista en Puig i Cadafalch, dirigió desde los años 80.

Sería aconsejable indagar un poco en la historia de este edificio para acabar de confirmar la falsedad de la piquiponiana que nos ocupa. En 1917, el industrial y político lerrouxista Joan Pich i Pon, entonces propietario del inmueble de plaza Catalunya proyectado por Josep Vilaseca i Casanova en 1910, encargó a Josep Puig i Cadafalch, vecino suyo de lonja en el Liceu, la reforma de este edificio para que las plantas intermedias (seis, en total) fueran arrendadas y en la superior pudiera establecer su residencia. Dicho y hecho, en 1921 Puig i Cadafalch dio forma al proyecto: en el interior construyó pisos estructuralmente libres para que cada arrendatario pudiera distribuirlos en función de sus necesidades; por fuera, lo proyectó siguiendo el mismo volumen de altura y proporciones del vecino Hotel Colon, finalizado en 1918.

Las dos cúpulas del edificio Pich i Pon

El resultado fue un bloque en chaflán, caracterizado por sus líneas clásicas, dentro de una gran contención ornamental que empastó con su edificio vecino y le daba continuidad. Solo las puertas, abarrocadas, y los templetes que coronaban los ángulos del chaflán, le otorgaban un cierto carácter monumental. En la parte superior del edificio destacaban tres templetes formados por ocho columnas jónicas cada uno, que sostenían una cubierta en forma de cúpula redondeada, sobre cada una de las cuales emergía una figura masculina del dios Mercurio, que en aquella época eran de bronce. "Puig i Cadafalch lo convirtió en un edificio muy vinculado a un movimiento moderno, el de la escuela de Chicago, que conoció a la perfección porque él daba clases entonces, de vez en cuando, en Harvard. Puig copió el lenguaje de Henry Sullivan y otros para hacer la casa más moderna que hubo hasta, en mi opinión, la llegada del racionalismo ", explica Romeu.

El caso es que, terminada la Guerra Civil, los tres templetes sobrevivieron al derribo del Hotel Colon, muy dañado por las bombas. "El año 39 el franquismo encarga a Eusebi Bona la construcción del Banco Español de Crédito, el banco franquista y el edificio más importante, con un encargo claro y evidente de que esta debía ser la fachada principal de la ciudad, la fachada del Régimen; una especie de manifiesto. La ignorancia era tal que pensaban que la casa Pich i Pon también formaba parte del hotel Colon, de manera que el proyecto de Bona lo que hace es dar una especie de unidad a los dos edificios: de los dos hacer uno, construir una torre para darle una cierta simetría y mutilar el edificio Pich i Pon", resume Romeu. Después de levantarse el edificio del Banco Español de Crédito, hacia comienzos de los años 50 del siglo pasado, se hizo desaparecer el tercer templete contiguo a la torre central del nuevo edificio bancario. "Y también el balcón de la sexta planta que continuaba en la cornisa del Banco Español de Crédito y toda la ornamentación original, hasta que quedó lo poco que ahora se ve", añade con resignación Romeu.

A finales de 1960, los dos templetes de la esquina con Rambla de Catalunya también fueron desmantelados. Y así fue como desaparecieron repentinamente de la azotea de la casa Pich i Pon. El porciolismo no se avenía mucho con añadidos arquitectónicos decorativos que limitaran la visibilidad y el espacio a los rótulos publicitarios luminosos.

El edificio fue sobreviviendo, y tras la muerte de Franco, recuperada la democracia, y ya en el año 80, Narcís Serra llegó al Ayuntamiento de Barcelona. “Entonces, la gestora propiedad del edificio había declarado un expediente de ruina que no prosperó: Oriol Bohigas, como responsable urbanístico, enterado de que yo hacía la tesis doctoral sobre Puig i Cadafalach, y en concreto sobre este edificio, me pidió que me hiciera cargo del proyecto de rehabilitación", explica con orgullo Romeu. Era el año 1982.

El proyecto de Romeu contemplaba la restitución de dos de los tres templetes ya que el tercero, el que quedaba pegado a la torre del Banco, no tenía mucho sentido. Y aquí está la clave del caso. Las cúpulas y columnas están hechas de poliéster y fibra de vidrio, metacrilato armado con una estructura de aluminio para evitar que se oxide. Una decisión no exenta de polémica entre los profesionales, que Romeo justifica así: "Fuimos restituir esto con plástico por muchas razones. La primera era de peso: esta solución representaba un 7% de lo que pesaba la piedra. No es nada despreciable. Por debajo de la casa Pich i Pon pasa una vuelta de los trenes de Sarrià, todo tiembla y vibra y se hacen fisuras". El segundo motivo es más personal y guarda relacionado con el significado de la palabra rehabilitar, y para Romeu, rehabilitar incluye mejorar. "En la rehabilitación cuentas con algo maravilloso, y es que ya tienes algo y lo que tienes que proponer es hacer que sea mejor porque si no, no vale la pena; debe ser un paso adelante. Este era el gran reto en el proyecto de la Pich i Pon", argumenta el arquitecto.

Las cariátides de Atenas están hechas con el mismo sistema que usó Romeu para los Hermes de la cubierta del edificio Pich i Pon. Romeu encargó las estatuas a Susana Solano, que tomó como modelo el Mercurio de Florencia, aunque más ligero ya que, aparte de cambiar el bronce por el plástico, como ya se ha explicado, también rebajó seis centímetros la altura (la obra de Giambologna mide 1,80 metros) y ... el culo. Sí, según Romeu, el original era estéticamente demasiado "culón" y allí arriba quedaba desproporcionado.

Y a todo esto, ¿qué diría el señor Pich i Pon?


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