Barcelona de aquí para allí

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Barcelona, territorio fabril

Escrito por barcelonadeaquiparalli 13-03-2018 en Historia. Comentarios (0)

A finales del siglo XIX y principios del XX, el aspecto de Barcelona no era muy distinto al de Manchester y su 'skyline' estaba punteado de chimeneas de fábricas de todo tipo.

Esas estructuras verticales, en otro tiempo un indicador del apogeo económico de la ciudad, hace ya muchos años que no emanan vapor ni humo. Algunas siguen adosadas a las naves de sus antiguas fábricas; otras han quedado aisladas en plazas o rincones como vestigios solitarios del pasado industrial de una Barcelona que, volcada en el turismo de masas, a veces parece olvidar lo que fue: una ciudad fabril.

Con el tiempo, las olvidadas chimeneas se han ido resignificando y han pasado de ser un elemento funcional a un elemento patrimonial y de arte público. La mayoría emergen en los distritos de Sant Martí, aunque solo hay que alzar la vista para hallar vestigios en el Eixample e incluso en Gràcia.

Descubre 10 chimeneas con historia en el suplemento On Barcelona de El Periódico de Catalunya.


Barcelona contra reloj

Escrito por barcelonadeaquiparalli 13-03-2018 en Historia. Comentarios (0)

Campanarios, relojes de sol, de aguja, con carillón; con historia, emblemáticos, reivindicativos, de diseño e incluso alguna obra de arte… Nadie se acuerda de ellos ni del papel que durante siglos han jugado en la organización de la vida social. Pero siguen ahí, marcando el ritmo frenético de esta ciudad. Hay tantos a la vista que podríamos recorrer con puntualidad los 10 distritos sin mirar el móvil. ¿Que no? Ahí va una ruta contra reloj. Tempus fugit. Así que tic… tac.

Lee el artículo completo en el suplemento On Barcelona de El Periódico de Catalunya.

Un refugio entre pupitres y fusiles Máuser

Escrito por barcelonadeaquiparalli 14-12-2016 en Sarrià-Sant Gervasi. Comentarios (0)

A simple vista no es más que una portezuela, por la que apenas entraría una persona en cuclillas, en la pared de una ducha del vestuario de chicas en la escuela de FP Salesians de Sarrià (paseo Sant Joan Bosco, 42). Aparentemente, una de esas aberturas en la pared protegidas por esas soluciones de carpintería tras las que uno espera encontrar un cuadro de mandos, una llave de paso o vete a saber qué obra maestra del ‘gotelé’, pero nunca como en este caso un pasadizo de ida y vuelta a través del tiempo. Al tirar del picaporte, una gruta estrecha da la bienvenida al visitante y le invita a internarse en la más absoluta oscuridad; aventurarse supone dejar atrás el presente para, algunos metros más allá, retroceder en el tiempo unos 80 años, hasta 1938, y encontrarse al abrigo de la tenue y temblorosa luz de unas bombillas, en un refugio antiaéreo, rodeado de cientos de personas y en busca de un lugar seguro donde guarecerse en una Barcelona en llamas, con el ensordecedor ruido de los motores de la aviación fascista italiana como banda sonora sobrevolando la ciudad y dejando a su paso una lluvia de bombas.


Sí, de acuerdo, hace falta echarle un poco de imaginación, pero el escenario del refugio es real, existe. Fue construido con hormigón armado, tenía (y tiene) una superficie total de 417,96 metros cuadrados y estaba preparado para albergar a cientos de personas incluso si se llegaba a producir una emergencia de larga duración. Para ello, contaba con dos baños, dos salas de almacenaje y hasta un total de cuatro pasillos. Su existencia estaba documentada, aunque lo único que se tenía de la época eran los planos y tres imágenes tomadas durante su construcción y recuperadas del archivo privado de Montserrat Tarradellas Macià.

Vista general de la construcción del refugio.

Casi 80 años después de que se utilizara por última vez, el pasado julio, un equipo especializado accedió por fin a su interior y pudo obtener las primeras imágenes del hallazgo, una pequeña joya con la que el tiempo no se ha ensañado y que se ha conservado en unas condiciones óptimas.

Y así fue como, de repente, en los vestuarios femeninos, se abrió una puerta de acceso provisional al refugio que, de momento, no está abierto al público. Una puerta que no es más que la culminación material de otra, de mayor carga simbólica e histórica, que han abierto en el tiempo tres estudiantes de Bachillerato de esta misma escuela –Miquel Conesa, Bernat Bayer y Víctor Busquets, bajo la supervisión de la tutora Lurdes Nieto- a golpe de investigación, metodología y tesón invertido en un trabajo de recerca titulado ‘Les indústries de guerra a Catalunya (1936-1939). La F-14: la fàbrica dels Salesians’. Un trabajo que les ha valido el tercer premio del EUSTORY, concurso de historia para jóvenes de España, Portugal y Latinoamérica, y con el que por fin han sacado a la luz algo más que un refugio antiaéreo: un periodo de la historia de esa institución educativa de la que ellos mismos forman parte y de la que tan poco se había investigado ni escrito hasta ahora. La historia estaba ahí, esperando, y ellos la han contado.

Porque, más allá del interés que pueda generar el hallazgo del refugio en sí, están los interrogantes que giran en torno a él: ¿qué llevó a su construcción? El colegio salesiano se fundó en 1884, con la llegada de la congregación religiosa y fue la primera casa salesiana en Catalunya. Bajo el nombre de Talleres Salesianos y siguiendo los preceptos del fundador de la orden, Don Bosco, tenía como objetivo impartir una educación elemental para todos, y en especial para los hijos de obreros, pero con el tiempo amplió sus especialidades educativas hasta convertirse en una casa de oficios donde se impartía tipografía, imprenta, mecánica, ebanistería... ¿Por qué construir un refugio en el edificio de una escuela? ¿Quiénes lo utilizaron? Claro está, es un secreto a voces que la escuela albergó entre 1937 y 1939 la F-14, especializada en armamento. Pero ¿cómo un centro educativo llegó a convertirse en fábrica de armas? Y es ahí, donde empieza esta historia.

Tres operarios cargan bombas en un camión.

La Guerra Civil puso un punto y seguido en la historia educativa de la escuela, centro de referencia ya entonces en el campo de la formación profesional. Al estallar el conflicto y tras el fracaso del golpe militar en Catalunya, el 21 de julio de 1936, Josep Escofet Andreu, ‘conseller’ de Esquerra Republicana en el Ayuntamiento de Barcelona y varios representantes de la Generalitat se presentaron en la escuela salesiana con una orden de la Generalitat para confiscar el edificio. Una medida que resultó ser la salvación para la escuela, que evitó de esta manera ser pasto de las acciones destructivas de los milicianos incontrolados que patrullaban la ciudad. Claro que, al mismo tiempo, supuso la expulsión de la comunidad religiosa que la habitaba.

Durante meses, las dependencias de la escuela sirvieron de refugio para niños republicanos (mallorquines, vascos y madrileños, principalmente) así como residencia para algunos de los atletas de la Olimpiada Popular que tenía que celebrarse en Barcelona y que fue suspendida debido al conflicto bélico. Una parte del edificio sirvió también como caserna de la Guardia de Asalto y entre los talleres, en el de imprenta se llegaron a editar publicaciones republicanas, y el de mecánica se reconvirtió para la producción de material bélico.

Operación de calibrado del fusil Máuser.

Un uso, este último, de gran importancia para el futuro inmediato del edificio ya que, con la creación de la Comisión de Industrias de Guerra (CIG) en agosto de 1936, la escuela de los Salesians se utilizó como almacén. Y, tras la construcción de nuevas naves a partir de principios de 1937, la escuela pasó a dedicarse íntegramente a la producción de armas, especializada en el fusil Máuser, del que fue el principal productor.

Y así fue como en poco tiempo se convirtió en la F-14, la fábrica número 14, que llegó a emplear a unas 279 personas. Ese mismo año, ya pleno conflicto y ante el riesgo de convertirse en blanco estratégico de los bombardeos por su especialización, los mismos trabajadores solicitaron la construcción de un refugio antiaéreo para protegerse.

Dos blindados Fields de la última série

En agosto de 1938, la F-14 pasó a manos del Estado y entró en decadencia, hasta que con la caída de Barcelona el 26 de enero de 1939, los soldados republicanos en retirada dinamitaron los talleres de la fábrica para evitar que el material cayera en manos de las tropas franquistas. La evolución del conflicto y los reiterados ataques hicieron el resto en la destrucción definitiva de la escuela reconvertida en la F-14, de la que solo se conservó el edificio más antiguo (actualmente reservado a Bachillerato) y la iglesia, obra Enric Sagnier. Y, por supuesto, ese testimonio de cemento armado bastante bien conservado que, después de casi 80 años de discreción y silencio, pide a gritos que ese periodo oscuro de la historia de la institución no caiga en olvido.


Fotos: Arxiu Montserrat Tarradellas Macià

Una vía entre molinos de Sant Andreu al Clot

Escrito por barcelonadeaquiparalli 22-10-2016 en Sant Martí. Comentarios (0)

Entrada de la calle Arc de Sant SeverEn la manzana que forman las calles Mallorca, Rogent, Sibelius y Valencia hay algo extraño. Una casa de planta y piso, con un pequeño jardín delantero situada en esta última vía principal, rompe la uniformidad total de esa isla rectangular formada por edificios de cinco o más pisos. Superada la verja que delimita su terreno en la fachada que da a València, se abre una brecha: un callejón sin salida estrecho y oscuro, la calle Arc de Sant Sever.

Salta a la vista que tanto esta casa deshabitada está desubicada, como si no perteneciera a la calle Valencia, con la que su fachada ni siquiera está alineada. Y no es extraño porque, efectivamente, cuando se construyó no formaba parte de esta vía, sino de un camino rural con un trazado muy diferente y con el que el azar o, mejor dicho, la evolución urbanística de la ciudad, lo llevó a coincidir, o casi, en este punto exacto.

Placa antigua de la calle Arc de Sant Sever


El camino original sobre el que estaba situada esta casa, conlidante a la calle Arc de Sant Martí es, cuando menos de origen medieval, aunque Magí Travesset lo menciona al hacer referencia a las vías romanas, al final de su artículo Estudi de la xarxa viària de tradició romana al Pla de Barcelona, eso sí, dejando claro que no se ha encontrado ningún indicio documental sobre su origen romano.

Casa centenaria a la entrada de la calle Arc de Sant Sever


Su nombre más antiguo corresponde al de Via Molinaria, el camino de los molinos, y su historia va muy ligada a la del Rec Comtal, construido a principios del siglo XI por orden de los condes de Barcelona y que seguía el trazado del antiguo acueducto romano que había llevado el agua del Besòs a Barcelona hasta, al menos, el siglo V.

Sí, hubo un tiempo lejano en que los molinos formaban parte del paisaje de la ciudad y se extendían a lo largo del Rec, desde Sant Andreu hasta el Clot (uno de los núcleos harineros más importantes a partir del siglo XIV), el último lugar donde se podían ver antes de entrar en la ciudad amurallada. La Via Molinaria seguía el trazado del Rec, unas veces a cierta distancia, a unos cientos de metros, y otros, a la orilla.

Dieciséis molinos

Para hacerse una idea de la infraestructura molinera del Rec, habría que remontarse a la primera mitad del siglo XII, según explica Enrich H. March en su libro El Rec Comtal. 1.000 anys d’història (Viena Edicions, 2016), con un conjunto de dieciséis mollinos agrupados en cinco casals. “Els primers molins eren uns casals en la part superior dels quals hi havia les moles o rodes de pedra, estriades a la cara de moldre i amb un forat al mig per on queia la farina, quer era recollida en dipòsits o sacs. A la part inferior o carcau hi havia el rodet que s’unia a la roda sobirana. El mecanismo era mogut per la força de l’aiga, que es prenia d’un riu a través d’una reclosa –que podía ser una paret o pedres amuntegades--, la qual permetia alçarel nivel de l’aigua i derivar-la fora del seu llit cap a un rec que la conduïa al molí. Una comporta permetia obrir o tancar l’entrada d’aigua, i una barra de ferror servia per fer pujar o baixar el banc, de manera que la mola rodés més de pressa o més lentament […].  En el segle XIII els casals ja es construïen amb pedra ben tallada, les moles es protegien amb una nau coberta amb arcades i el moliner acostumava a viure amb la seva familia en el mateix edifici, sobre la nau”, describe Enrich H. March.

Mapa con la situación de los molinos del Rec Comtal. Font: El Rec Comtal (Eneric H. March. Viena Edicions, 2016)

El caso es que, hacia finales del siglo XI los documentos ya mencionan los molinos por el nombre del casal al que pertenecían. Y ya en aquella época se mencionaban los del Clot, los d’en Soler y los Molins de la Mar. “Cada casal podía tenir més d’un molí, i entenem per molí cada una de les moles o rodes de moldre, tot i que sovint es trova el terme molins com a sinònim de casal”, señala Enric H. March.

El molino de Montcada, situado entre las calles Molí, Reixagó y la Masia de Montcada i Reixac, sobrevivió hasta la década de 1950. En el barrio de Vallbona, en 1966, aún se podía ver una mola volandera del molino de Guillem d’Argentona. Los molinos de Sant Andreu, todos de harina y construidos entre 1280 y 1287, estaban ubicados en el solar de la calle Fernando Pessoa, 6-16, y son los únicos de los que se conservan restos en este yacimiento. Los últimos restos de los molinos Jussà o de Dalt y Sobirà o de Baix, todos en el Clot, desaparecieron en 1973. El edificio del molino de Baix, activo hasta 1936, subsistió como cine en la calle de la Sèquia Comtal hasta 1941.

Del resto de molinos que se extendían a lo largo del recorrido del Rec hasta llegar al Portal Nou no se ha encontrado, hasta el momento, ningún resto arqueológico. Pero entre ellos se contaban los Molins Nous (el del Comendador, el de Cordelles, el del Dormidor y otros dos de la Pólvora), ubicados en la confluencia de la riera de Malla y el camino de Horta. En la esquina del paseo de Lluís de Companys con la calle Comerç se encontraba el molino del Portal Nou. Y, una vez dentro de lo que fue la Barcelona amurallada, se encontraban los molinos de Sant Pere (en la actual plaza de las Basses de Sant Pere), el de la Sal (en el cruce de la calle Princesa con la plaza de La Puntual). De los molinos de la Mar no queda ni rastro, ni siquiera se intuyen en el trazado urbano actual.

Un pasado entre las calles

Ante la falta de restos arqueológicos de los diferentes molinos, las huellas de aquella Via Molinera sobre el territorio de Barcelona más evidentes han llegado a nuestros días en forma de calles: Enamorats, Bofarull y Ciutat d’Elx. Estas tres calles tenían continuidad, eran un mismo camino ininterrumpido, en el plano de la ciudad antes de la urbanización que fragmentó el camino original y cambió los nombres según los barrios que atravesaba, Poblet, Clot, Navas y Sagrera, respectivamente.

Uno de los tramos recibió el nombre de camino de los Enamorados --sobre el que se trazó la actual calle de los Enamorats—, que conducía de Sant Martí a Barcelona por el coll de la Celada y llamado así por el torrente del mismo nombre que atravesaba el camino, y que hacía de frontera entre Sant Martí y los municipios de Gràcia y Barcelona.

Calle Rogent en dirección a Clot

Calle Sibelius. A la derecha, el Antic de Bofarull

El camino de los Enamorados llegaba hasta el torrente del Bogatell –actualmente, la calle Rogent—y hacía de frontera natural entre el Clot y el Camp de l’Arpa. Y a partir de quí se convertía en el camino de Sant Sever hasta la actual avenida Meridiana. De ese tramo, diluido totalmente la calle València ha llegado hasta nuestros días el callejón del Arc de Sant Sever, un antiguo paso de carruajes entre Rogent y Sibelius que toma su nombre de la capilla de Sant Sever.

Calle Antic de Bofarull, de Sibelius a la plaza del Doctor Serra

Calle Bofarull, entrando por Navas de Tolosa

A partir de la calle Sibelius, cerca de donde estaba el molino Sobirà del Clot, la Via Molinaria cambiaba su nombre por el de camino de Bofarull, que en la actualidad se correspondería en el primer tramo con la calle Antic de Bofarull y, tras perderse unos cientos de metros en el trazado de la Meridiana, reaparece como Bofarull a partir de Navas de Tolosa y hasta Felip II, y vuelve al trazado urbano desde la calle Honduras, convertido en Ciutat d’Elx, hasta la calle de la Sagrera, donde se encuentra la torre de agua y el punto donde se pierde cualquier rastro de la Via Molinaria.


Dos Hermes de plástico, más bajitos y con menos culo

Escrito por barcelonadeaquiparalli 20-10-2016 en Eixample. Comentarios (0)


Fachada principal del edificio Pich i Pon, en plaza Catalunya

Sigilosos y silenciosos dos adolescentes con casco alado y caduceo en la mano parecen a punto despegar desde el punto más alto de su atalaya, los dos templetes que coronan el edificio ubicado en el chaflán de Ronda Universitat con Rambla Catalunya, la casa Pich i Pon (1.878 - 1.937). Son dos representaciones idénticas de Hermes, el semidiós griego (Thot para los egipcios y Mercurio para los romanos), patrón de los mercaderes y de los oradores, y también de los ladrones y los mentirosos. Sí, los mentirosos, a pesar de que ellos han sido testigo y parte de alguna que otra mentira.

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Hoy es prácticamente imposible concebir este edificio novecentista de la plaza Catalunya sin la presencia de estos dos amorcillos, y en cambio, estos dos mensajeros de los dioses ni son los originales de bronce ni han estado siempre ahí. El boca-oreja primero, y luego internet, hicieron correr la historia de que los amorcillos son de plástico porque su propietario, el industrial y político lerrouxista Joan Pich i Pon hizo sustituir los originales por otros de plástico para evitar que los robaran, protagonizando así quizá la que fue su piquiponiana más destacada.

Joan PIch i Pon

Permitidme aquí un inciso porque nada de esto tiene sentido para aquellos que no tengan claras dos cuestiones: ¿Quién era Pich i Pon? Y qué es una piquiponiana? "Fue alcalde de Barcelona entre enero y octubre de 1935. Lerrouxista, acumuló un largo currículum en el sector público, siendo concejal, senador y diputado, entre otros cargos, a pesar de sus limitaciones culturales. Su acusada falta de formación no le impidió ser un empresario de éxito, pero a su vez provocaba que fuera objeto de continuas burlas por sus interminables errores en el significado de palabras y frases, que junto con otras anécdotas recibieron el calificativo popular de piquiponanes", explicaba el periodista Xavi Casinos en un artículo publicado en La Vanguardia en noviembre del 2014. A modo de ejemplo, a este personaje se le atribuyen frases como "Soy partidario del homosexualismo, es decir, que hombres y mujeres puedan amarse y dejarse cuando las parezca bien" o "En la Rambla de Cataluña han abierto un restaurante con luz genital", entre muchas otras.

En resumen, y volviendo al tema que nos ocupa, que es el cambio de los Hermes de bronce por los de plástico: el abanico de piquipoinianes es tan amplio, que hoy es difícil determinar cuáles fueron reales y cuáles inventadas, pero al César lo que es del César, y esta es una falsa piquiponiana. Para empezar, este intercambio, según esta versión, debería haber pasado entre los años 20 y 30 (Pich i Pon murió en 1937) y, aunque el invento del plástico se remonta a mediados del siglo XIX, no fue hasta la segunda mitad del siglo XX cuando su uso se popularizó. Sí, es cierto que los Hermes son de plástico, en concreto de poliéster y fibra de vidrio, pero no porque los mandara colocar Pich i Pon, sino porque forman parte de un proyecto de rehabilitación que el arquitecto Jordi Romeu, especialista en Puig i Cadafalch, dirigió desde los años 80.

Sería aconsejable indagar un poco en la historia de este edificio para acabar de confirmar la falsedad de la piquiponiana que nos ocupa. En 1917, el industrial y político lerrouxista Joan Pich i Pon, entonces propietario del inmueble de plaza Catalunya proyectado por Josep Vilaseca i Casanova en 1910, encargó a Josep Puig i Cadafalch, vecino suyo de lonja en el Liceu, la reforma de este edificio para que las plantas intermedias (seis, en total) fueran arrendadas y en la superior pudiera establecer su residencia. Dicho y hecho, en 1921 Puig i Cadafalch dio forma al proyecto: en el interior construyó pisos estructuralmente libres para que cada arrendatario pudiera distribuirlos en función de sus necesidades; por fuera, lo proyectó siguiendo el mismo volumen de altura y proporciones del vecino Hotel Colon, finalizado en 1918.

Las dos cúpulas del edificio Pich i Pon

El resultado fue un bloque en chaflán, caracterizado por sus líneas clásicas, dentro de una gran contención ornamental que empastó con su edificio vecino y le daba continuidad. Solo las puertas, abarrocadas, y los templetes que coronaban los ángulos del chaflán, le otorgaban un cierto carácter monumental. En la parte superior del edificio destacaban tres templetes formados por ocho columnas jónicas cada uno, que sostenían una cubierta en forma de cúpula redondeada, sobre cada una de las cuales emergía una figura masculina del dios Mercurio, que en aquella época eran de bronce. "Puig i Cadafalch lo convirtió en un edificio muy vinculado a un movimiento moderno, el de la escuela de Chicago, que conoció a la perfección porque él daba clases entonces, de vez en cuando, en Harvard. Puig copió el lenguaje de Henry Sullivan y otros para hacer la casa más moderna que hubo hasta, en mi opinión, la llegada del racionalismo ", explica Romeu.

El caso es que, terminada la Guerra Civil, los tres templetes sobrevivieron al derribo del Hotel Colon, muy dañado por las bombas. "El año 39 el franquismo encarga a Eusebi Bona la construcción del Banco Español de Crédito, el banco franquista y el edificio más importante, con un encargo claro y evidente de que esta debía ser la fachada principal de la ciudad, la fachada del Régimen; una especie de manifiesto. La ignorancia era tal que pensaban que la casa Pich i Pon también formaba parte del hotel Colon, de manera que el proyecto de Bona lo que hace es dar una especie de unidad a los dos edificios: de los dos hacer uno, construir una torre para darle una cierta simetría y mutilar el edificio Pich i Pon", resume Romeu. Después de levantarse el edificio del Banco Español de Crédito, hacia comienzos de los años 50 del siglo pasado, se hizo desaparecer el tercer templete contiguo a la torre central del nuevo edificio bancario. "Y también el balcón de la sexta planta que continuaba en la cornisa del Banco Español de Crédito y toda la ornamentación original, hasta que quedó lo poco que ahora se ve", añade con resignación Romeu.

A finales de 1960, los dos templetes de la esquina con Rambla de Catalunya también fueron desmantelados. Y así fue como desaparecieron repentinamente de la azotea de la casa Pich i Pon. El porciolismo no se avenía mucho con añadidos arquitectónicos decorativos que limitaran la visibilidad y el espacio a los rótulos publicitarios luminosos.

El edificio fue sobreviviendo, y tras la muerte de Franco, recuperada la democracia, y ya en el año 80, Narcís Serra llegó al Ayuntamiento de Barcelona. “Entonces, la gestora propiedad del edificio había declarado un expediente de ruina que no prosperó: Oriol Bohigas, como responsable urbanístico, enterado de que yo hacía la tesis doctoral sobre Puig i Cadafalach, y en concreto sobre este edificio, me pidió que me hiciera cargo del proyecto de rehabilitación", explica con orgullo Romeu. Era el año 1982.

El proyecto de Romeu contemplaba la restitución de dos de los tres templetes ya que el tercero, el que quedaba pegado a la torre del Banco, no tenía mucho sentido. Y aquí está la clave del caso. Las cúpulas y columnas están hechas de poliéster y fibra de vidrio, metacrilato armado con una estructura de aluminio para evitar que se oxide. Una decisión no exenta de polémica entre los profesionales, que Romeo justifica así: "Fuimos restituir esto con plástico por muchas razones. La primera era de peso: esta solución representaba un 7% de lo que pesaba la piedra. No es nada despreciable. Por debajo de la casa Pich i Pon pasa una vuelta de los trenes de Sarrià, todo tiembla y vibra y se hacen fisuras". El segundo motivo es más personal y guarda relacionado con el significado de la palabra rehabilitar, y para Romeu, rehabilitar incluye mejorar. "En la rehabilitación cuentas con algo maravilloso, y es que ya tienes algo y lo que tienes que proponer es hacer que sea mejor porque si no, no vale la pena; debe ser un paso adelante. Este era el gran reto en el proyecto de la Pich i Pon", argumenta el arquitecto.

Las cariátides de Atenas están hechas con el mismo sistema que usó Romeu para los Hermes de la cubierta del edificio Pich i Pon. Romeu encargó las estatuas a Susana Solano, que tomó como modelo el Mercurio de Florencia, aunque más ligero ya que, aparte de cambiar el bronce por el plástico, como ya se ha explicado, también rebajó seis centímetros la altura (la obra de Giambologna mide 1,80 metros) y ... el culo. Sí, según Romeu, el original era estéticamente demasiado "culón" y allí arriba quedaba desproporcionado.

Y a todo esto, ¿qué diría el señor Pich i Pon?